Central
1.
“Justamente, al día siguiente de hacer asistido a un espectáculo de ‘La Bouite a joujoux’ de Debussy, en la Opera Cómica, toca la casualidad de que asista yo a la representación que en el teatro Sarah Bernhardt ofrecían los Ballets Rusos, que dirige Serge Daghilewe, en honor y memoria de Erik Satie. La obra de Debussy rezumaba aún a lo largo de mis nervios, cuando iba yo a saborear la música de Satie, que estaría alternada esta vez con Stravinsky. El programa de ese día ha sido el mejor de la temporada rusa. Se dio los dos músicos más fuertes acaso de los últimos tiempos y se dio talvez lo mejor de ellos: ‘Parade’ y ‘Jak’ de Erik Satie y ‘Noces’ y ‘Petrushka’ de Stravinsky. Razón tenía pues, el público, de haberse agrupado a las puertas del Sarah Bernhardt, desde las seis de la tarde. Público cosmopolita, compuesto en sus dos terceras partes de gente nórdica: eslavos y escandinavos. En cuando a la clientela de habla española, no hubo, que yo sepa, mayor asistencia. Mientras siempre es frecuente oír el español en los cabarets de Montmartre, da pena que no suceda otro tanto en el foyer de los teatros de alta cultura. En París hay ahora una extensa colonia de españoles y latinoamericanos; ella se hace nota en todas partes y muy rara vez en los espectáculos de arte avanzando. Nos falta curiosidad. Nuestras colonias se quedan en la Comedia Francesa y en la Ópera, cuando no prefieren las soirés inocentes del Ermitage o del Carlton. No les atrae lo nuevo, la última palabra, en fin, en materia de cultural. Se está en París, como si no se estuviese.
(…)
Erik Satie, que hace un año murió en París y a quien fui presentado por Vicente Huidobro en Montparnasse, fue durante toda su vida un hombre obscuro, pobre y sin gloria, no obstante ser –según la frase de Henri Collet–, el más curioso, el más desconcertante, el más genial de los músicos franceses. Nacido en Honfleur, el 17 de mayo de 1866, Satie, por sus orígenes maternos, tenía sangre escocesa, circunstancia que marcaría, sin duda, de un humor tan particular su vida y su sensibilidad.
![]()
(…)
Erik Satie, a su muerte, dejó su nombre en el primer puesto de la música francesa contemporánea, todo cuando se hace hoy, por los mejores artistas, sella está de su mano prepotente.
(…)
Que el acto de emocionar sea un acto literalmente natural.
Hacia allá iba Erik Satie.
Y, como iba hacia comarcas tan altas, murió pobre, obscuro para las multitudes, en su humilde y solitario cuarto, donde en lugar de alhajas y levitas, los hombres encontraron a la cabecera del gran muerto, unas solfas mugrientas y gloriosas.”
(De “El más grande músico de Francia”, junio de 1926).
2.
“Ya que Claude Bernhardt no pudo hacer un huevo en su laboratorio, el señor Briand, al menos, brega sin descanso por la paz entre los hombres. Ya que el héroe faustiano se quemó los dedos en los alos hornos de la alquimia, sin lograr obtener un sulfato de dicha infinita, el doctor Voronoff, al menos le quita a uno la glándula tiroidea y la reemplaza con otra y así nos vuelve jóvenes, cada vez que se nos da la gana. Ya puede, pues, el hombre fracasar una y mil veces en su afán de someter a su antojo las leyes imperfectas de la naturaleza, y una y mil veces cargará sobre su esfuerzo inmortal. Y no es que lo haga por una ansia de felicidad en sí, sino por gana de inquietud desinteresa y terna. Tan cierto es esto, que ninguna conquista le satisface. Si hoy logra volar como las águilas, querrá un día poner como las gallinas; si logra devorar las mayores distancias, querrá un día que los lugares caminen ellos mismos y vayan como fámulos sumisos a donde él los llame. Llegaré un día en que el señor Edison tocará un silbato en su gabinete de Nueva York y las ciudades del mundo correrán a su llamada, en grupo o alineadas, como niñas en un gimnasio.
(…)
Por su parte, el voronoffismo avanza, día y noche y quizás más todavía en la noche. La palabra ‘voronoffismo’, cuya entrada al diccionario francés fue rechazada el jueves último, a base del escepticismo científico del reverendo abate Bremond; la palabra ‘voronoffismo’ –digo. Tiene ya carta de naturaleza no solamente en las esferas biológicas, sino también en las esferas poéticas. El ingerto de una glándula lírica es un hecho tan innegable como el ingerto de una glándula intersticial (palabra ésta, según lo hace notar M. de Waleffe, inventada por el pudor para reemplazar un adjetivo científico). Los endiablados cronistas del Sacre-Coeur cuentan que mi excelente amigo Pierre Reverdy, actual jefe del cubismo literario, ha sido recientemente voronoffizado en la lira y en la fe: Reverdy, como se sabe, acaba de lanzar un gran libro de versos ‘Les écumes de mer’, tan juveniles y revolucionarios como en el comienzo de su carrera apolínea y acaba, el propio tiempo, de convertirse a la religión de la Santa Madre Iglesia Católica. Otro caso de ‘voronoffización’ poética fue el de la Caul Valery quien después de publicar su primer libro de versos ‘Charmes’, hace treinta años se quedó exhausto de sangre lírica y viejo del todo. Al cabo de 25 años, vino su voroffización poético y zás! de la noche a la mañana, da a luz un libro de gran virilidad apolínea, ‘La jeune Parque’. Su caso es, pues, concluyente. No sería nada extraño que un día de estos el señor Henry de Regnier, aeda valetudinario, que ya no hace nada vigoroso, nos lance a mitad del bulevar, previa voronoffización, un potente poema viril, digno de Apolo.”
(Tomado de “La fáustica moderna”, junio de 1926)
3.
“Todas las cosas llevan su sombrero. Todos los animales llevan su sombrero. Los vegetales llevan también el suyo. No hay en este mundo quien no lleve la cabeza cubierta. Aún, cuando nos quitamos el sombrero, siempre queda nuestra cabeza tocada de algo que podríamos llamar el sombre innato, natura y tácito de cada persona, que nos es del todo inseparable.
![]()
Los sombreros se clasifican en sombreros naturales y sombreros artificiales. Se llama sombrero natural aquel que nace con cada persona y que le es inseparable, aún después de la muerte (en el esqueleto, más que en ninguna otra cosa, la presencia del sombrero natural y tácito, es efectiva). Se llama sombrero artificial aquel que se adquiere en las sombrererías y del cual podemos separarnos momentánea o eternamente (en el esqueleto la falta de este sombrero es más evidente que en ninguna otra cosa).
El sombrero –dice un célebre contemporáneo– constituye la sustancia por decirlo así de una presencia. El sombrero determina el carácter y la fisonomía del hombre y de los demás seres y cosas. El sombrero es el hombre. Boufond quiso decir esto cuando dijo que el estilo es el hombre, puesto que, en resumen, el estilo vital de una persona está determinado por su sombrero. Un hombre que lleva un sombrero gacho del lado izquierdo, verbigracia, tiene por fuerza que ser frívolo. Un sombrero levantado de adelante, como el de Napoleón, está gritando al hombre aparatoso. Un fieltro negro, corto o alón, dice el sentimental, parco o retórico. Cuando la duquesa de Ethiem en el segundo Imperio, lanzó la moda del canotier, corrió en París el rumor de que esa dama era histérica. Así, pues, el sombrero es el hombre o, más generalmente, el sombrero es todo.
(…)
Otra prueba de que nuestras modas imitan a las modas de la naturaleza, está en el hecho de haberse comprobado que los trajes sportivos, por ejemplo, estuvieron de moda en la naturaleza mucho antes que entre los hombres. En 1924 hubo en la naturaleza un furioso apogeo de estos trajes. El mariscal Joffre, una mañana de setiembre de aquel año, salió a estudiar el terreno sobre el cual debería librarse la célebre batalla del Marne, cuando de súbito vio que de una quebrada salía el río heroico abotonánlose el pantalón de montar: no se sabe a ciencia cierta si el río iba a cabalgar o acababa de saltar de un gran potro invisible. De todas maneras el traje de cow boy del Marne era de kaki y, según se refiere, le iba un tanto estrecho, sobre todo, en el nervudo muslo de campeón. El mismo Henry Barbusse tiene una crónica de las trincheras en que habla de unas nubes que subían sobre una aldea, llevando kepis blancos. Barbusse relata que esas nubes agitaban unas palmas caprichosas, semejantes a raquetas de tennis. Más tarde venimos a ver que el kepí de Helen Wills se va poniendo en boga en los círculos sportivos del mundo entero.”
(Tomado de “El sombrero es el hombre”, julio de 1926)