Opinión
Periodista
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Ese conservadurismo prevaleció hasta fines del siglo pasado, impidiendo que dichos estilos musicales se desarrollen con la misma libertad y desprejuicio con que fueron gestándose, y soslayando aspectos de su historia que podrían ayudar a entender mejor la idiosincrasia del autodenominado “criollo de pura cepa”.
“Vivan los hombres de gran valía / viva el dinero / viva el amor / Vivan las hembras / viva la orgía / y el aguardiente que da valor”: la letra del vals ‘La Palizada’ no abundaba en sutilezas. Su autor, Alejandro Ayarza, cronista de la bohemia criolla, conocido como Karamanduka, reflejaba en ella la agitada vida de ese grupo de amigos suyos cuyo nombre daba título a dicha canción.
“Vengan copitas de licor sano / vengan copitas, sin dilación”, invocaba Karamanduka en ese mismo tema, asumido por su generación como un himno. Si bien este vals sigue entonándose con encendido fervor, su letra fue maquillada, obviando las frases menos apegadas a las buenas costumbres. Felizmente, subsiste su primera versión grabada, cortesía de Montes y Manrique y lanzada en 1912.
Fuera de cualquier idealización o mito, la muchachada de La Palizada y su idiosincrasia configuran el perfil del joven limeño y rebelde que creció entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Al ser la música parte de su búsqueda de identidad y un elemento importante del lenguaje usado para expresarse, podría señalarse a esta generación como un antecedente de las subculturas juveniles que aparecerían –también apegadas a la música popular– a partir de la segunda mitad de esa centuria.
Estos jóvenes encontraron en la música un reflejo de sus sueños y un antídoto para sus frustraciones. Crecidos en medio de las desastrosas secuelas de la Guerra del Pacífico, su estampa fue definiéndose en jaranas prolongadas y –como lo señalan los relatos sobre las andanzas de La Palizada– noches de burdel.
Elegantes al vestir y al expresarse cuando la sobriedad aún los acompañaba; amantes del canto, el baile, la bebida y la comida, los criollos también encontraban su identidad asumiendo los roles de género que la sociedad les asignaba. Las damas mantenían la etiqueta y eran poco dadas a tomar iniciativas; los caballeros, galantes y dispuestos a expresar su virilidad unos contra otros. “Y si se trata de dar trompadas, también tenemos disposición”, decía la letra de ‘La Palizada’.
Más de 100 años después, esa generación vive en sus canciones y en esos rasgos que, vistos ahora sin prejuicios, pueden ayudar a entendernos mejor.
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