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Bajo un régimen de excepción que el Parlamento dominado por los partidos que apoyan al mandatario salvadoreño extendió al menos hasta fines de mayo, la Policía y el Ejército detienen sospechosos sin órdenes judiciales, la mayoría con tatuajes que representan a sus bandas. La extraordinaria medida fue adoptada a pedido de Bukele, luego de que entre el 25 y 27 de marzo se produjeron 87 asesinados, atribuidos a las pandillas que operan en el país.
Para Amnistía Internacional, la medida de Bukele desató una “tormenta perfecta de violaciones a los derechos humanos”, con detenciones arbitrarias incluso de menores de entre 10 y 12 años, de poblaciones pobres.
Pero el gobernante de 40 años destacó que su plan tiene el 91 % de apoyo ciudadano, según una encuesta de CID Gallup.
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En un país con 30.7% de pobreza y una población que migra en busca de empleo, para resolver este problema se deben “modificar las condiciones que hacen que un sector recurra a la vida de crimen para subsistir”, señaló el investigador de la Universidad Internacional de la Florida, José Miguel Cruz.
Disminución
Creadas por inmigrantes en Los Ángeles, Estados Unidos, la Mara Salvatrucha y Barrio 18 subsisten de las extorsiones y venta de drogas en El Salvador. Suman unos 70,000 miembros, de los cuales 34,000 están encarcelados.
Tras el plan de Bukele, en algunas rutas del transporte los delincuentes “ya no están llegando” a extorsionar, señaló el empresario de autobuses Juan Pablo Álvarez, exalcalde de la periférica ciudad de Soyapango.
“Lidiar” con las pandillas representa un costo “muy alto [...] Me ha tocado enterrar a mi hermano, a más de 10 empresarios y a 25 empleados, en su mayoría choferes”, confesó.
Felipe, un pequeño comerciante que reserva sus apellidos, contó que en su zona, donde se cobraban cupos hasta vendedores de verduras, los pandilleros “están desaparecidos y el comercio fluye, la gente deja de tener miedo de venir al centro” de San Salvador.
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El presidente de la Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI), Eduardo Cáder, contó que los repartidores de productos están entrando en algunas comunidades sin pagar “renta”.
Para el investigador y maestro universitario Carlos Carcach, el Gobierno logra “incapacitar a un gran número de criminales activos, con indicios de que es posible neutralizar totalmente a esas estructuras”. Pero se trata de una lucha de “largo aliento”, en la que debe desincentivarse a los jóvenes de integrar estas bandas.
Cárcel o muerte
Bukele reconoció que las pandillas son “un entramado social difícil de romper” con familias involucradas, y “es como curar un cuerpo con un cáncer con metástasis”.
Aunque, dijo, para un pandillero “solo hay dos posibles caminos: la cárcel o la muerte”, y prepara la construcción de nuevas prisiones.
Las penas por pertenecer a una pandilla ahora se sancionan con hasta 45 años, y quien difunda sus mensajes puede recibir 15 años, hecho que puede limitar la cobertura informativa del tema, reclamaron gremios de prensa. Para el investigador Cruz, mientras no haya desarme, a la par de programas sociales que disminuyan las causas que llevan a muchos jóvenes a meterse a las pandillas, el país tiene muy poco futuro”.
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Según el obispo auxiliar de San Salvador, cardenal Gregorio Rosa Chávez, “hay una ausencia total de oportunidades para alguien que se equivocó” y pidió “oportunidades de rehabilitación”.
“Hasta hace poco, los pandilleros mostraban orgullosos sus tatuajes, les daban estatus, identidad, rango y les servían para atemorizar a sus víctimas, ahora algunos pandilleros se han quemado tatuajes que los identifican como miembros de agrupaciones criminales para evitar su captura”, señaló el mandatario.
“Populismo penal”
Los arrestados pasan por “jueces sin rostro, prohibidos por la Constitución”, y no por la justicia ordinaria, explicó el juez Juan Antonio Durán, quien considera que se ha caído en “el populismo penal” donde “no capturan solo a culpables [...] sino también a un montón de gente inocente”.
Dijo que se realizan juicios “sin el reo y sin testigos” presentes.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, pidió a Bukele combatir el crimen protegiendo los derechos civiles.
Verónica Aguirre, de 26 años, llegó hasta el Penalito, un lugar en la capital donde son llevados sospechosos. Dice que su esposo fue detenido sin prueba alguna.
“Bajo el régimen [de excepción] no podemos presentar pruebas de que el imputado está siendo juzgado de manera incorrecta. Están pagando justos por pecadores y esto no tiene que ser así, la justicia tiene que ser transparente”, lamentó.
“Tenemos una tendencia fuerte a los castigos generales, que son una barbaridad [...] y son fuente de violaciones de derecho”, lamentó el sacerdote jesuita José María Tojeira, exdirector del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (UCA).
El fiscal general, Rodolfo Delgado, dijo que “la población honrada no tiene nada que temer”. (AFP)
Latitud 12
Internacionalista
fvallas@editoraperu.com.pe
Las maras
El aumento de la delincuencia común afecta a toda América Latina. En forma reciente, el presidente ecuatoriano, Guillermo Lasso, acaba de pedir la renuncia de todo su gabinete, entre otros motivos, por el aumento de los asesinatos callejeros y la violencia carcelaria que no tiene solución inmediata.
Sin embargo, el caso de El Salvador es muy particular porque a la pobreza, marginación, falta de oportunidades laborales y otros males que afecta hoy a los países de la región se le debe añadir un elemento particular: la cultura del pandillaje de las calles de Los Ángeles.
En su origen, las pandillas o maras son producto de la expulsión de los niños y jóvenes salvadoreños cuyos padres los habían traído en forma ilegal. Las familias huían de la guerra civil en los gobiernos de Ronald Reagan (1981-1985) (1985-1989) y durante el de George Bush (1989-1993).
Estos jóvenes llevaron la cultura de las organizaciones criminales como el uso distintivo de los tatuajes para reafirmar los lazos casi familiares entre sus miembros y su sentimiento de pertenencia.
Se debe agregar que otro acelerador de la violencia es la larga guerra civil que dejó una profunda huella en la sociedad salvadoreña.
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