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Tiempo de circo: Los protagonistas de la carpa


Editor
José Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


1.

¡Cancha, Canchita!, le gritan, con la confianza que permite una nariz roja. “En realidad, yo soy ‘Chupetín’”, aclara Enrique Oré, que sabe que ni a tradición ni a nomenclatura se les puede cortar las alas. De sus 55 años, 40 los ha vivido pintado con cara de payaso, o haciendo malabares de trapecista, en fin, una vida en los circos.

Lo de ‘Canchita’ salió de casualidad. Como tenía (en pasado) el cabello tan crespo, entre broma y broma sus amigos le dijeron que sus pelos parecían cancha, y quedó como ‘Canchita’. Pero el Sindicato Circense, siempre serios en esos asuntos, carraspeó y le recordó que estaba registrado como ‘Trompetín’, que no podía usar dos nombres (llámelo ética del payaso si gusta); y por eso, el nombre de ‘Canchita’ pasó casi automáticamente a su hijo Christian. Sin embargo, muchas personas lo siguen llamando ‘Cancha’.

Oré papá nació en el cruce de Barrios Altos con El Agustino, y cuando andaba de enamorado de la futura madre de sus hijos, debutó de payaso. Sucedió de casualidad: su futuro cuñado había alquilado una carpa de circo, y un día le faltaron los payasos. Le dijeron que se maquille y salga de payaso, pero Enrique se negó.

A la segunda noche, no le quedó más opción y comenzó a improvisar, a jugar con los comerciales de televisión, “comenzó a gustarme mi trabajo”. Lo empezaron a llamar otros empresarios circenses.

Empezó a probar distintas formas para hacer su trabajo. Fue el primer hombre de nariz roja y zapatos lancha en hablar como la gente de la sierra. “Me hice solo como artista en los circos porque en esos tiempos nadie te enseñaba nada, no había escuelas de payaso. La mejor escuela era aprender mirando cómo hacían sus ‘entradas’ otros payasos y no copiar. Lo que más te gustaba de tres o cuatro artistas, lo juntabas y adaptabas a tu manera de trabajar. Eso me permitió salir adelante. No se copia de nadie. Eso es lo bonito”.

De sus tres hijos, Naomi, de 23, también es payasa. Pero quien le sigue todos los pasos es Christian, ‘Canchita’, que dirige la Escuela Experimental de Teatro, donde forma nuevos profesionales de la risa, que ahora prefieren llamarse clauns.

“Se dice que el claun es un método diferente, pero creo que es lo mismo. El payaso trabaja con la improvisación, con el humor blanco, que hoy es complicado de conseguir. El payaso no tiene por qué hablar vulgaridades. Para eso hay otro tipo de humor, como el de los cómicos ambulantes, de los cuales hay que diferenciarnos: ellos hacen un tipo de humor para un público adulto. El payaso, en cambio, es el referente para los niños, inclusive para muchos adultos”. A ‘Trompetín’ le ha tocado muchas veces adultos que le piden fotografías, que se divierten, vuelven a ser niños gracias a la magia del payaso”.

Llevando su bombín y la cara pintada, ha conocido casi todo el Perú. Siempre fue “muy papá”, y le costaba alejarse de su familia, “ahora que ya es tán grandes mis hijos llegó el momento de que yo también pueda disfrutar un poquito del arte y de viajar”, dice el popular ‘Cancha’.

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Lo suyo son los conversatorios sobre su experiencia. Para talleres de payasos está su hijo. “Hay personas que saben lo que hacen de un claun, un carablanca, un contragusto… Para mí hay un picador, que es la parte seria, y un payaso, que lo complementa, con la parte más graciosa. Yo me divierto en los dos roles”.

Enrique Oré es acólito de una frase: “El público paga para olvidarse de sus penas y no para enterarse de las tuyas”. Le ha tocado salir a la “pista” cuando falleció su querida abuela materna y debía aprovechar los tiempos en el coreto para llorar. Y a los cuatro días que enterró a su madre, daba funciones en Pucallpa. “Nos metemos en la cabeza y en el corazón que la función debe continuar”. Durante los años del terrorismo, la función tampoco paraba: actuaban con el temor de que se vuelen las torres de alta tensión, y por si acaso, siempre tenían listos mecheros de latas llenas de querosene: si se iba la luz, los payasos salían y hacían reír a oscuras mientras el personal prendía todos los mecheros y así salvaban la función.

Para llorar también fueron los dos años de la pandemia. ‘Cancha’ se puso a taxear, pero le robaron su carrito; y como también sabe de arneses y caminar sobre alambres, lo contrataron en una empresa de estructuras metálicas para instalar esos armatostes en locales. La alegría que le da retornar a hacer circo es “volver a vivir” y (de)mostrar lo mejor que sabe hacer: hacernos reír.

‘Cancha’ es una enciclopedia viva del payaso y del circo en el Perú. Ha actuado en todas las carpas, desde las más humildes en los lugares más lejanos hasta aquellas de la avenida La Marina, de los Fuentes Gasca, al lado de Ñoño, Kiko, La Chilindrina y los hombres lobo. Ahora su rostro está en las gigantografías por todo Lima anunciando Eterno, el espectáculo con el que La Tarumba vuelve después de dos años.

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Con Fernando Zevallos, el director artístico de esta compañía de circo peruano, lo une una amistad de dos décadas. La primera relación de Oré con La Tarumba fue cuando participaba en el armado de la carpa, que es pura técnica, que aprendió de puro curioso que es viendo a los técnicos de diversos circos. Luego, colaborando con el trabajo de herramientas de alambre y vuelo en arena, que es otro cantar, durante las temporadas en playas privadas que hizo La Tarumba. Y después, ya como payaso en provincias. Ahora, con Eterno, es la primera vez que trabaja con La Tarumba en Lima.

“Ver mi rostro en las calles es gratificante, y más a mi edad, porque a los 50, 55 años los payasos ya estamos en bajada, tenemos la experiencia, pero el movimiento no es tan ligero. Para Fernando Zevallos lo importante es mostrar algo bueno al público sin importar la edad de los artistas”, dice. Ahora se pone la nariz roja y hace las labores netas de un payaso de circo, que es “guapear”, inyectar alegría al público. “Es mi chamba, es chévere”.

2.

‘Chebo’ Ballumbrosio toma la batuta de La Digna y arma un show aparte, en medio de trapecistas, payasos y malabaristas. Cuando está en escena vuelve a ser el niño que creció en El Carmen. Salta, ríe o baila. “La música es mi espina dorsal. La que construye todo. Es mi centro. Cuando bailo, con la música descubro la magia y cuando toco música se crea la magia”, resume Chebo, que en su DNI se llama Amador Eusebio.

Con los integrantes de su banda desarrollan la música que necesitan los números que Fernando Zevallos imagina. “Revaloramos más que el instrumento, el sentimiento y la calidad humana del músico”, me dice Chebo, quien confiesa que se ha equivocado muchas veces, pero continuará confiando en esa “bondad” de los músicos para crear y trabajar melodías.

Lo suyo fue un doble inicio. El mismo año que debutó en La Tarumba dando clases de percusión, sumando así el cajón peruano al idioma musical del circo, también empezó su relación como tallerista del colegio Los Reyes Rojos. El desaparecido Constantino Carvallo vio en él talento pedagógico y lo quiso como maestro de su colegio. Eso sucedió hace 35 años y un poquito más.

La enseñanza y el circo abrieron autopistas al músico de prosapia chinchana. Chebo y sus hermanos tocaban con Miki González, pero este cambió a un formato de banda rock, en la que solo quedó espacio para un percusionista. Entonces Chebo tuvo que salir a buscar nuevos horizontes musicales.

“Fue un camino difícil. En aquel entonces ser afroperuano en el Perú era muy diferente. Había mucho racismo. Solo podíamos ser porteros de hotel o restaurante. Pero en la familia no queríamos eso.

Queríamos transmitir las diferencias con herramientas de lo afroperuano. Mis padres fueron piezas fundamentales para inculcarnos la cultura como bastión y ser lo que somos ahora”, dice Chebo.

La lección que le dejó su padre, don Amador Ballumbrosio, zapateador exquisito, maestro del violín, compositor y recopilador, es el respeto a los mayores y a lo que representas y una honestidad en lo que haces. Su madre, doña Natalia Avelina Guadalupe, fallecida hace dos años, les inculcó la limpieza.

“Creo que la limpieza, la honestidad y ser consecuente, más allá de tus errores, es lo que llevo como un legado familiar”. Antes de salir a escena, Chebo se alista siguiendo sus propios rituales, con palo santo, agua de flores, velas, que le permiten conectarse con la tierra, con su espacio, “porque provengo de la tierra, del campo, y tengo que llamar a eso”.

Con “un pie en la tercera edad”, como dice, Chebo siente que su apellido es una gran responsabilidad “porque educo a niños desde los 3 años. Ahora, con sus hermanos, están emocionados como niños porque el 24 de julio, en el Gran Teatro Nacional, presentarán a lo grande su primer disco de vinilo, un sueño hecho realidad. “Mi padre debe estar orgulloso de eso. Son canciones nuestras, que se cantaban en el campo, en El Carmen, y hay composiciones de Guillermo Gálvez Roncero, de Amador Ballumbrosio y otros temas inéditos”, adelanta.

También para él el tiempo de pandemia fue cruel, lastimero. Perdió a su madre y a su hermano. Y el covid-19 se llevó a varios amigos. “Pero tuve que seguir trabajando. Creé [para mis alumnos] personajes que me llevaban a bailar todos los días frente a una cámara. Transformé mi casa en un teatro.

Mi pareja, Mariana, me ayudó a sostener a este Chebo divertido, que se puede transformar. Tenemos que llorar a nuestros muertos, cerrar los ojos y avanzar porque nosotros, los que quedamos, seguimos con vida. No hay que perder la esperanza”. El show debe continuar.

Dato:

El espectáculo Eterno va hasta el 4 de setiembre en Plaza Lima Sur (Chorrillos). Entradas en Teleticket.

Cifra:

38 años suma La Tarumba en escena con su propuesta de circo peruano. 

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