Opinión
Secretario académico del Posgrado de Letras, UNMSM
Generalmente, se llena de loas por el aporte a la nación, incluso homenajes institucionales con cierto fervor, tal vez alguna ceremonia de reconocimiento público, pero con muy pocos cambios concretos en la mejora de nuestra condición. Más que un día para celebrar es más un recordatorio de lo mucho que nos falta para que los indudables méritos de la comunidad de docentes universitarios tengan el agradecimiento que merecen.
Para conocer la real dimensión y progreso de un país hay que ver cómo tratan sus gobernantes al sistema educativo y, fundamentalmente, a sus docentes. Los más afectados son los que pertenecen a la universidad pública, tan importunada los últimos años. Con sueldos bajos, la carrera universitaria se vuelve poco atractiva para atraer y retener talento con la velocidad suficiente para el recambio generacional. Y hay una lucha desigual entre las universidades privadas y públicas. La mayor remuneración, a los que son de tiempo completo, en las instituciones privadas, les da una ventaja sobre el desinterés sistematizado e histórico de los gobernantes de turno para con sus maestros de las universidades públicas. Incluso, una antigua y justa lucha por la homologación del sueldo docente con la de sus análogas posiciones en el Poder Judicial, hasta la fecha, ha sido sistemática y alevosamente rechazada.
Por eso, el ritual anual de nuestro día tiene visos de insensibilidad. Una supuesta mejora de la calidad académica no ha significado algún avance significativo en las condiciones y retribuciones económicas para con nuestros colegas. Y aún menos en la calidad de vida. El asunto es fabril, casi hay que trabajar a destajo, acumulando horas de dictado para que se adicionen los ingresos. Hay una falla en el modelo que empuja a los docentes a acopiar cargas lectivas, incluso en diversas universidades, para que se pueda tener un sueldo moderado. A ello hay que sumarle que el ascenso desde una posición inicial de profesor auxiliar a uno en el estatus de docente principal requiere de muchos años de estadía y, comúnmente, con pocas plazas ofertadas.
Lamentablemente, los docentes de las universidades, más allá de las palabras de valoración por su trabajo, nos movemos en un ambiente hostil y poco amigable. No debe ser únicamente declarativa la gratitud que merecen. Aquí las promesas sobran. Hay muy poco que celebrar. Las flores y aplausos como puestas de escena son ya insuficientes. Lo que queremos son mejores sueldos, óptimas condiciones para la enseñanza-aprendizaje, una jubilación justa y solidaria. Entonces, ¿hay algo por lo cual celebrar?
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