• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

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FOTOGRAFIA
Reportaje gráfico

La risa y el trapecio: recuerdos de circo

Editor
José Antonio Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe



Esos días previos eran de un nerviosismo total. Mientras la escolta afinaba el paso marcial para el desfile escolar, la chibolada se esfumaba del barrio para repasar las respuestas al balotario para los exámenes bimestrales. Porque la mácula de un “rojo” en la libreta podría arruinar los planes para las merecidas vacaciones de medio año. 

Ya desde mediados de mes, en la urbanización se sentía el espíritu patrio. No sonaba como hoy el vals “Contigo, Perú”, pero varios vecinos se tomaban en serio el asunto y le daban brochazos de pintura joven a sus fachadas mientras las banderas se vendían como pan caliente en las intersecciones de las principales avenidas. 


Pero el centro del universo, cómo no, se trasladaba a la avenida La Marina. Años ochenta, noventa: todos los escolares de Lima hablaban de los circos de la temporada. Y desde provincias se trasladaría también un contingente de familias. 



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Los circos de la avenida La Marina, con sus estrellas de la tele latinoamericana, con sus payasos de carcajada asegurada, sus king kongs gigantes escapados del écran, sus hombres araña originales, sus trapecistas, sus acróbatas y animales salvajes del extremo oriente, eran el principal atractivo para los niños. 

Luego, a fines de los noventa, la oferta se amplió y el circo de marquesinas se democratizó a otros espacios de la capital. 


Los centros comerciales comenzaron a multiplicarse por la ciudad y cambiaron las formas de consumo: se podía encontrar de todo, todo el año, la Feria del Hogar fue quedando en segundo plano y los estacionamientos de los malls comenzaron a ser nuevos centros para la oferta circense internacional, desplazando a sus hermanos más humildes, los circos pobres, a los barrios menos pudientes. Pero todo conjugando siempre el mismo norte: llevar alegría. 


El circo es ese espacio donde la magia y la alegría son posibles. Es que somos “animales que ríen”, en busca de esa alegría, aunque breve, real. 

“Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. […] Muchos han definido al hombre como ‘un animal que ríe’”, escribió el ensayista francés Henri Bergson en su famoso ensayo sobre La risa. Pero “La risa debe responder a ciertas exigencias de la vida común. La risa debe tener una significación social.” 


Y es el circo el espacio por antonomasia donde el espectador, además de darse cita con lo arriesgado, encuentra la risa. 

El hombre de la nariz roja, el payaso, se coloca en el centro de atención del mundo, bajo el ojo de la luz cenital, sobre el ruedo, y todos los espectadores aguardamos atentos ese momento en que tomará el pelo a los artistas de oficio “serio”, como el trapecista o la contorsionista; en que jugará, sacará algo de su bolsillo, hará magia. Claro, no faltará el que llora y tendrá trauma con los payasos, pero esos son los menos. Los más aplaudimos la creatividad. 


Y la creatividad cada vez gana más prestigio, desde que los animales ganaron el derecho a no estar en los circos. Desde entonces hemos exigido a los profesionales del arte circense mayor profesionalismo para que nos convenzan de que la fantasía existe. 

Dato:
El Gran Circo presenta “Love”, en el Jockey, con 45 artistas de Rusia, Ucrania, China, Mongolia e Israel.