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Trampas para la luz ofrece un viaje a un universo sugerente que concibió la artista Judith Westphalen (1922-1976) con sus manos. “La luz, madre de todos los colores, verdad cruda y desnuda, viene a nuestro encuentro y Judith se protege con esta fina –y polémica y ardiente– delicadeza de su espíritu que trata de guardar secreta”, escribió Pablo de la Fuente en 1974.
En el catálogo de los artistas nacionales, nos hemos olvidado de esta artista que falleció joven (54 años). El poeta español Rafael Alberti señalaba que en sus obras veía “concisos duendes elevados a pura geometría”. Y el poeta Javier Sologuren elogiaba su trazo como “el luminoso sosiego de sus bien concordadas gamas, la composición a la par libre y ordenada, la sutil y floral apertura de la materia, la dinámica sugestión de sus formas”.
El artista mexicano Marcos Límenes señala que esta artista “ocupa un lugar de primer orden en la revolución de mentes y costumbres que fue su período activo a mediados del siglo XX, particularmente en Latinoamérica y, por supuesto, en el Perú”.
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La imagina en Nueva York, Roma o Lima, ciudades donde radicó con su familia “totalmente concentrada en su labor, como un relojero sumergido en un laberinto de minicomponentes […] cuidando que la refracción de la luz sea adecuada”.
Marcos Límenes, quien tuvo acceso a los cuadernos de notas de la artista, apunta que ella vivió “los vertiginosos cambios” en el mundo del arte, entre “remanentes de un indigenismo plagado de buenas intenciones” y “los paladines de un cosmopolitismo tardío”.
Al analizar su producción pictórica, en grabado en metal, monotipias y dibujos a lápiz, apunta que “rara vez se encuentra en un artista una trayectoria tan clara, compacta, en donde cada uno de los cuadros, monotipias o grabados responden a una línea de investigación única. Digamos, mejor, que su interés se centraba, casi exclusivamente, en una arquitectura imposible hecha de pura luz y sus respectivas sombras”.
Breve biografía
La artista, que el bardo brasileño Murilo Mendes situó “en un espacio planificado en el que la luz funciona como elemento de arbitraje”, nació en Catacaos, Piura, como Judith Ortiz Reyes, y con los años tomaría el apellido de su esposo, el poeta Emilio Adolfo Westphalen, pero eso sería mucho después.
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Su hija, Inés, asegura que el primer y gran descubrimiento de Judith fue el mar. Lo vio por vez primera a los 12 años y el movimiento de las olas de esa masa inconmensurable causó en ella una suerte de big bang.
El descubrimiento de su habilidad para el dibujo, en su caso, fue algo natural. Era un don que compartía con su hermano Ramiro y su primo Moncho. Juntos hacían por divertimento caricaturas de maestros y amigos. Luego, aquel manejo de formas le permitió ganarse sus primeras monedas haciendo dibujos a solicitud de sus compañeros del colegio.
El mundo rural piurano la acompañaría hasta esa década de 1940, cuando llegó a Lima para estudiar en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde lograría el doctorado en Letras y Pedagogía. Mientras estudiaba se ganaba la vida como profesora de diversos colegios y “diccionario en mano, se adentraba en la lectura de libros en otros idiomas e iniciaba sus exploraciones pictóricas”, dice su hija.
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En 1944, empezaría a pintar de forma autodidacta en Lima. Tres años más tarde, Judith realizaría su primera exposición individual en la desaparecida Sala Bach.
Fue en la famosa peña Pancho Fierro, que frecuentaba su hermano mayor Pepe. Entre diversos artistas e intelectuales, ahí conocería a las hermanas Alicia y Cecilia Bustamante, promotoras de esta peña cultural, al escritor José María Arguedas, y a su futuro esposo, Emilio Adolfo, mayor que ella por 11 años.
“Se casó e hicieron un viaje por la zona del Cusco y el Valle Sagrado llegando a Machu Picchu a lomo de mula. Días después asistieron en Copacabana a la Fiesta de la Candelaria”, escribe Inés.
Estados Unidos y Europa
En el campo artístico, Judith colaboraría en Las Moradas (1947-1949), la emblemática revista cultural que dirigía Emilio Adolfo. Ese último año partirían a Nueva York, donde Westphalen trabajaría como traductor para la Organización de las Naciones Unidas. En la ciudad de los rascacielos, entre 1949 y 1956, ella vivirá, expondrá, frecuentará a la artista expresionista Anne Ryan y el taller de la pintora Minna Citron.
Luego se trasladaría a Europa, donde estuvo cerca de los aportes de las antiguas culturas y las exploraciones de las vanguardias, particularmente las italianas. Residirá con su familia en Fiésole y presentaría en Florencia una muestra individual en 1957.
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Un quinquenio más tarde retomaría las exposiciones ya de regreso a Lima, donde colaboraría activamente en la Fundación para las Artes (el actual Museo de Arte de Lima), el Instituto de Arte de Lima y los diversos salones del arte que auspiciaría su alma mater sanmarquina.
Otro aporte de la artista se daría en el campo educativo, donde como pedagoga especialista en artes plásticas contribuía a la Reforma de la Educación, que buscaba sacar adelante el filósofo Augusto Salazar Bondy.
A inicios de la década de los setenta, los Westphalen Ortiz y sus dos hijas volverían a Roma, donde la pintora “dispone por fin de un pequeño taller”. En él desarrollará diversas obras en el que impondrá su sello personal.
De sus obras, su colega Fernando de Szyszlo escribió: “Son como un viaje al interior de un diamante, como el tránsito por las calles de una ciudad de cuarzo: la misma luz tenue, la misma poesía cortante y acerada”. (NTP / JVV)
Datos:
Siguió cursos en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima y en la Calcografía Nazionale en Roma.
Además de participar en diversas muestras colectivas, Judith Westphalen realizó exposiciones personales en Florencia (1957), Lima (1962, 1967 y 1968), México (1970) y Roma (1974).
Póstumamente, se organizaron dos exposiciones sobre su obra en 1988 y 1995.
La exposición estará abierta, de lunes a domingo, de 11:00 a 20:00 horas, hasta el martes 30 de agosto, en el Centro Cultural Ccori Wasi (avenida Arequipa 5198, Miraflores). Ingreso libre.