Opinión
Periodista
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Confrontada con la fuerza de la naturaleza, expresada en los terremotos, la devoción al Cristo de Pachacamilla (tal era el nombre de la zona de Lima sobre la que ahora se erige la iglesia de las Nazarenas) representa, en buena medida, la esperanza del hombre común frente a lo inevitable y lo catastrófico. Los relatos en los que esta imagen sobrevive a los movimientos telúricos más devastadores que asolaron Lima en los siglos XVII y XVIII, llegando incluso a detener uno de ellos, en 1746, son alegorías de la relación desigual existente entre el ser humano y los fenómenos de la naturaleza, donde la debilidad y desventaja en la que se encuentra el primero lo lleva a ponerse en manos de lo divino para sobrevivir.
La autoría de la pintura del Cristo crucificado se atribuye a un esclavo proveniente de Angola, África; es decir, a un integrante del sector menos favorecido de la sociedad colonial peruana. Arrebatados de su lugar de origen, los africanos eran llevados a los virreinatos americanos, regentados por la Corona Española, para ser vendidos. El precio que sus compradores pagaban por ellos no solo los hacía dueños de su mano de obra, sino también de sus vidas y descendencia. Sumidos de pronto en un ambiente radicalmente distinto al suyo, y obligados a adaptarse a una cultura totalmente ajena, los esclavos africanos buscaron refugio en su espiritualidad. Vistos en la disyuntiva de abandonar sus creencias y abrazar el cristianismo o ser objeto de castigos y muerte, optaron por la sobrevivencia. Con el tiempo fueron asimilando a su fe elementos del catolicismo, generando muestras de sincretismo religioso hasta la fecha persistentes en la cultura latinoamericana, entre las cuales puede situarse el culto al Señor de los Milagros.
Que la representación iconográfica de Jesucristo presente marcados rasgos afro y que haya sido pintada en un recinto no consagrado dice mucho de las intenciones de su autor, identificado como Pedro Dalcón, según Raúl Porras Barrenechea. Ante dicho mural, otros esclavos como él se reunían para expresar su espiritualidad, seguramente en los momentos posteriores a los de sus duras labores cotidianas. Ello generó recelo entre sus dueños y en los jerarcas de la Iglesia católica, que ordenaron –infructuosamente – el borrado de la imagen. Tiempo después, el Cristo de Pachacamilla haría el milagro de concatenar la fe de sus más humildes devotos con la de la alta jerarquía eclesiástica y la de los sectores sociales económicamente más encumbrados.
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