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  • de abril de 2026

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Conozca la Lima de los albores del siglo XX


Editor
José Antonio Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


En sociología, solo es posible darse cuenta de las líneas más salientes que pueden marcar la fisonomía general del cuerpo social.

–Joaquín Capelo


1. 

En la Lima de 1895 daba sus primeros agúes el industrialismo, empujado por la élite peruana desde mediados del siglo XIX, que veía la modernización como el norte a tomar por nuestra sociedad.

Sin embargo, era una ciudad con un alumbrado a gas, sin redes de electricidad. Vivían en Lima cerca de 100 mil personas (el 60% tenía entre 15 y 60 años de edad) y solo contaba con dos líneas de tranvía y cinco de trenes (estos últimos con vagones para primera, segunda y tercera clase).

Eso sí, la Peruvian Telephone Company contaba con 900 abonados entre Lima y el Callao; y para el resto del país se comunicaba a través del servicio telegráfico.

A las fábricas se las conocían como “talleres” y, a la par, se construían nuevas avenidas empujando a las vías carrozables. Si hablamos de conexión con la sierra, había solo 20 kilómetros de carretera, luego, todo era un camino de herradura que iba en paralelo a la línea férrea hasta La Oroya.

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Hacía 25 años que solo quedaba polvo del muro que había mandado demoler el gobierno de Balta. Pero como una huella enorme de su pasado colonial, había en la Lima de inicios de 1900 un total de 55 iglesias y monasterios; había “una iglesia y un convento por cada dos manzanas”, apuntó Joaquín Capelo en Sociología de Lima, cuatro volúmenes publicados entre los años 1895 y 1902.

En la ciudad capital era raro encontrar edificios de dos o tres plantas, pues desde la colonia se mantenía el temor a los seísmos y se preferían los edificios bajos.

Urbe sedienta como siempre, ya contaba desde 1855 con una empresa de agua, pero no satisfacía del todo a los sedientos vecinos de la ciudad, el servicio era “caro y malo”, y aún se necesitaban los servicios los aguadores y había un sistema de 37 pilas, piletas y pilones, dispuestos en las plazuelas, la plaza de Armas y otros. Desde 1877, la ciudad administraba un sistema de “lagunas represadas” para garantizar el flujo del líquido elemento en la capital.

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No era una ciudad fea, mantenía alamedas y plazas. Capelo, calcula, sin embargo, que 120 hectáreas, es decir menos del uno por cierto del espacio ocupado por casas y edificios en Lima, era el destinado “a la circulación y el recreo de la ciudad”.

La Lima de los albores del XX era una urbe básicamente agrícola; llena de haciendas que producían sobre todo caña de azúcar; desde Puente Piedra a Chorrillos; de Monterrico hasta la orilla del mar.

Hay un total de 300 propietarios de tierras que tiene a su cargo a 5,000 personas; gran porcentaje de ellos y ellas eran afrodescendientes. Del total, alrededor de 3,000 peones son “nómades”. “Al hacendado, por otra parte, no le importa si ese hombre comerá o no, si tendrá o no habitación donde dormir”, describe.

Un sistema de tomas y bocatomas distribuía el agua para todos los “riegos” capitalinos, pero el investigador señala que no hay un uso adecuado del recurso hídrico.

El número de trabajadores de haciendas (población que tenía los índices más elevados de morbilidad y mortalidad) era rebasado en esa Lima de inicios del siglo XX por los 6,000 mendigos y vagos. Además, vivían en la ciudad igual número de costureras, que para el sociólogo, “ocupan el peor sitio (en el rango social)”, al tener “una renta miserable de 12 a 13 soles mensuales”.

Joaquín Capelo era un investigador obsesivo con los cuadros estadísticos y echaba mano a la información cuantitativa y la complementaba con la “observación directa”, para sacar sus propias conclusiones.

2. 

Esta es la Lima que le tocó vivir al médico y sociólogo Joaquín Capelo, hijo de un hogar “criollo mestizo” que como sociólogo era afín a la corriente positivista y veía a la sociedad como un “organismo vivo”.

En el prólogo de Sociología de Lima (Lima, Fondo Editorial de San Marcos, 2021), el historiador Augusto Ruiz Zevallos explica que como el galeno que era, Capelo quiere estudiar “el germen y los males” que agobian a la ciudad con el fin de curarlo.

Zevallos resalta del libro de Capelo su “vocación republicana, su afán democratizador, su afirmación de individuo cultivado en la virtud, el autor que profesa por el Perú”.

A diferencia de la generación anterior, con intelectuales como Javier Prado o Alejandro Deustua, quienes hablaban de modernización, pero expresaban planes discriminatorios contra los indígenas, Capelo, señala Ruiz Zevallos, pertenece a una élite intelectual “más democrática”.

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Capelo explica que Lima la domina “el elemento criollo o mestizo” (45% de la población capitalina), nacido “de la mezcla de la antigua raza indígena” y “de la raza española”, lo complementa una población europea (10%), indígena (15%), un 20% “a razón de 2% de chicos y un 18% de la raza negra pura y mezclada en todos los grados con las otras razas”, apunta.

La mortalidad anual en la capital es del 4% de la población, el doble que la media europea, “desde 1884, unas 300 defunciones de más sobre los nacimientos”, lo que preocupaba entonces al investigador. El 25% de los fallecimientos se deben a la tuberculosis.

El matrimonio era una institución fuerte entre los limeños (alrededor de 551 matrimonios registrados en 1877), pero en el quinquenio anterior se registraron 734 uniones. Para Capelo, la disminución de matrimonios era un indicativo de la crisis financiera. Capelo condena la crisis económica que se mantiene en el país desde 1872, que sufren los sectores más pobres de la sociedad.

Había una red de tambos y hoteles que anualmente ocupaban alrededor de 28 mil personas. Capelo toma la data de 1890 y estima en 25 mil las personas que se dedicaban a trabajar en los “establecimientos de comercio e industria”, donde había negocios que ya son parte del pasado, como caldererías, cererías, cigarrerías, coheterías, dorar, encuadernación.

El mayor número de establecimientos en nuestra capital, entonces con un pie en la modernidad, es el rubro de las pulperías (un total de 237 locales); encomenderías (226); zapaterías (213); chinganas (207); y el rubro de café, licores, lunch y billares (151). Todos los negocios daban trabajo a 14 mil personas.

Datos:

Durante la segunda mitad mitad del siglo XIX no había data confiable sobre el número de habitantes de Lima, solo estimados.

En 1896 se creó la cátedra de Sociología en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos.

La obra de Capelo fue puesta en valor recién en la década de 1960.

Cifra:

45% de la población capitalina era mestiza o criolla.