• VIERNES 24
  • de abril de 2026

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COMUNIDADES DE LA SELVA CENTRAL

Notsimancaquela, resiliencia indígena

Junto a la FAO, 43 comunidades nativas de Junín y Ucayali reactivaron proyectos agrícolas y de empoderamiento de la mujer.

Segundos antes de ver su casa explosionar por una granada, Rosa –como le dicen de cariño– y su esposo, Héctor Luna Jacopo, se despidieron. Ella tomó a sus tres niños y se refugió en la espesura del bosque en Mazamari, en la selva central. Él fue a buscar ayuda con la esperanza de volver a verlos.

Aprender a adaptarse

Ahora, de 56 años, Rosa llora sin gemidos al revivir los cuatro meses que pasó oculta en el bosque. A su lado está Héctor, su compañero desde hace 38 años. Le dice con ternura “notsimancaque”. En asháninka significa “sanarse”. Así como para el mundo occidental la resiliencia es la capacidad de adaptarse a la adversidad, en el mundo asháninka, notsimancaque es sanar el alma y seguir, en bien de la comunidad.

“Teníamos hambre, frío. No sabíamos si sobreviviríamos”, recuerda Rosa. La pareja se volvió a encontrar después de meses. Decidieron reubicarse en el centro de la comunidad El Milagro, en Satipo, región Junín. Allí construyeron una pequeña casa de madera y hojas de palmeras shebon. Ambos trabajaron por el fortalecimiento de la comunidad y se convirtieron en líderes: ella, promoviendo la alimentación saludable desde el comedor, y él, dirigiendo la Confederación de Comunidades Nativas del Valle Marankiari Satipo (Conovamsat), organización que promueve el desarrollo productivo de las familias indígenas.

Llega la pandemia

La vida de Rosa y Héctor continuó tranquila y con breves momentos de dolor al recordar las épocas de terror, así como el suave viento y la intensa tormenta de la Amazonía en verano. Hasta que el 15 de marzo del 2020, el entonces presidente Martín Vizcarra anunció el confinamiento por la propagación del covid-19, una nueva y extraña enfermedad.

Para Héctor, el mensaje presidencial que escucharon por radio encerraba un anuncio de muerte. En la comunidad hay un centro de salud. Sin embargo, no cuenta con médico y no está equipada ni abastecida de medicamentos. Este dato refleja una de las brechas históricas en el Perú con los pueblos indígenas, pese a que son 55 pueblos (51 en la Amazonía y 4 en los Andes), que representan al 18.6% de la población total y ocupan alrededor de 11.5 millones de hectáreas del país.

La comunidad rápidamente se organizó para evitar que entraran extraños en el territorio. El aislamiento fue voluntario, una estrategia que pudo contener por algunos meses el ingreso del virus a la comunidad. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más escasa se hacía la comida.

El miedo a la enfermedad se materializó en el hambre de los niños, ancianos y adultos. Si continuaban aislados, morirían; si salían a la ciudad, morirían. La comunidad decidió organizarse: un grupo iría a la ciudad a vender los productos y a comprar cosas básicas. La estrategia funcionó, pero los contagios no demoraron. “Muchos hermanos enfermaron y otros murieron”, cuentan los asháninkas.

Crianza de peces

Al alba, en una asamblea comunal, en julio del 2018, la comunidad decidió emprender un proyecto de crianza de peces de la variedad paco. En convenio con la Municipalidad de Mazamari, las 18 familias de El Milagro trabajarían para instalar unas piscigranjas rústicas y criar alevinos.

El sueño de los indígenas era mejorar la alimentación de sus niños para prevenir la tan temida desnutrición crónicas infantil. Así, durante más de un año, mujeres y varones trabajaron en mingas para cavar las pozas, generar un sistema de circulación del agua, poblar las piscinas y criar los peces. Las jornadas eran largas y, al final, reconfortantes con el masato.

El proyecto avanzó hasta que la comunidad llegó a tener más de 6000 alevinos o crías de peces. El sueño se concretaba, y con él la posibilidad de salir de la pobreza. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Hogares (Enaho), el 55% de la población que habla lenguas indígenas amazónicas es pobre y el 12% está en extrema pobreza.

Pero con la llegada de la pandemia, el proyecto se paralizó y la enfermedad devastó al pueblo indígena en conjunto. Estadísticamente, hasta hoy no se sabe cuántos indígenas de la Amazonía contrajeron la enfermedad y, mucho menos, cuántos murieron a causa de ella, según denunciaron las organizaciones, como la Confederación de Nacionalidades Amazónicas del Perú (Conap) y la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep).

Resiliencia en escena

Pese a la crisis, los indígenas volvieron a aplicar la “resiliencia indígena”. Esta vez, en una nueva reunión comunal a finales del 2021, los miembros de la comunidad nativa El Milagro decidieron, en coordinación con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) y el Gobierno de Canadá, reactivar el proyecto de siembra y cosecha de paco.

“Aprendimos a preparar el alimento de los peces, a mejorar la circulación del agua y a organizarnos mejor”, cuenta Rosa mientras le canta a los peces en la piscigranja de 1,000 metros cuadrados de El Milagro.

También recuerda que cuando empezó el proyecto ‘Garantizar la seguridad alimentaria y nutricional y fortalecer la resiliencia de los medios de vida de los pueblos indígenas amazónicos del Perú afectados por el covid-19” o #ResilienciaIndígena de la FAO, fueron ellos y ellas quienes decidieron los temas y actividades por trabajar a través de una consulta previa que permitió obtener el consentimiento previo, libre e informado respecto a la manera como el proyecto intervendría en sus territorios.

Vigilancia y tecnología

El Milagro es uno de los ejemplos del total de 43 comunidades en las provincias de Atalaya (región Ucayali) y Satipo (Junín) que trabajaron en 23 escuelas de campo para la reactivación de proyectos de crianza de peces y la mejora de las cadenas productivas de café y cacao, para ello se les implementó con herramientas e insumos y capacitó en técnicas agroecológicas.

Además de fortalecer el trabajo de la vigilancia comunal por medio de la tecnología –con el uso de drones, GPS y laptops– para la conservación de más de 161,433 hectáreas de bosque de los pueblos indígenas asháninkas, yine, amahuaca, matsigenka y shipibos a los que pertenecen los miembros de estas comunidades.

Los cerca de 16,000 indígenas que participaron en el proyecto aprendieron a mejorar su alimentación usando productos tradicionales, reforzaron sus modelos tradicionales de intercambio, mejoraron sus biohuertos y cadenas alimenticias locales.

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Rosa sonríe cuando le preguntan si le gustaría ser la líder de El Milagro. Mira a su esposo; él le dice “sí” y ella lo reafirma. La lideresa indígena ha sido presidenta del comedor de su comunidad y ahora es tesorera de la junta comunal. En los últimos tres meses del 2022 se ha preparado para dirigir las reuniones y ha fortalecido su capacidad organizativa para impulsar proyectos turísticos y de bisutería.

Ella y otras mujeres se reunían una vez a la semana para recibir charlas sobre liderazgo, derechos de las mujeres y el mecanismo de protección a las personas defensoras de derechos humanos, que también brindó la FAO como parte del proyecto #ResilienciaIndígena.

“A las reuniones iban los niños”, recuerda. Rosa reconoce que ser madre y líder es complicado y que la limitación principal para las mujeres es desempeñarse sin el apoyo del esposo. Y la situación es aún más complicada si es ella el único sustento del hogar.

Rosa sabe que fortalecer las capacidades de las mujeres permitirá tener una mejor calidad de vida de sus hijos. “Sueño con una comunidad sin desnutrición, con mujeres tejiendo y riendo sin miedo”, agrega.

A puertas de cumplir los 60, Rosa continúa siendo una mujer resiliente. Atravesó la guerra contra Sendero Luminoso y enfrenta, día a día, a la pobreza y el covid-19, usa las herramientas que están a su disposición, como el proyecto de la FAO, para sanarse. Para el notsimancaque.

Cifra

16 mil indígenas participaron en el proyecto de la FAO.