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Cine peruano: los 100 años de Armando Robles Godoy


Editor
José Antonio Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


En obras como La muralla verde (1970), basado en su propia experiencia como colono en la selva, y Espejismo (1972), Armando Robles Godoy retaba al espectador con sus búsquedas del lenguaje cinematográfico, de la experimentación. 

Espejismo fue la más cara película peruana: costó cerca de tres millones de dólares y toda la posproducción se hizo en Hollywood. Por su parte, un grupo de críticos de cine alrededor de la recordada revista Godard! reconoció en el 2005 a La muralla verde como la mejor película peruana.

Pero, en general, las vacas sagradas de la crítica escamotearon la labor del cineasta. Solo lo reconocían como promotor de la ley de cine. En contraparte, él definiría a la crítica de cine como “la eyaculación precoz de la función intelectual”.

“Cuando hablo de una película de corte propiamente experimental significa que el trabajo se hace buscando nuevas formas de expresión cinematográfica, mediante el empleo del lenguaje cinematográfico, y no es un derivado de la literatura ni del teatro”, respondió en 1990.

¿Estábamos acaso frente a un genio? “Francamente, pienso que el no considerarse uno mismo genial es una estupidez”, respondió a otra periodista, tres años antes. “Porque sí, es lo único que puede librarnos de la estupidez, que es una característica de la naturaleza humana. No hay otra forma de defenderse. O uno es genial o es estúpido”.

El iconoclasta

Robles Godoy no creía en cineastas, sino en películas. Iconoclasta, consideraba mediocre y mala la producción peruana en promedio (y tal parece que su juicio sigue vigente): “Para mí, el día que se estrena una película peruana es un día de fiesta, y después de verla es un día de duelo”.

Explicaba que el problema de una película era la financiación y no lo tecnológico. “Todavía existen algunos retrasados mentales que piensan que la evolución empieza por la tecnología y no es así. Hoy día está al alcance de cualquiera”.

Inicios y ley

Al mismo tiempo que la llamada Escuela Cusqueña, Robles Godoy, y en solitario, iniciaba desde Lima el camino del cine de autor en el Perú. Eran los años sesenta, “una etapa prehistórica del cine”, cuando publicó su ópera prima, Ganarás el pan (1965).

Llegó al sétimo arte cuando era periodista (trabajó en el diario La Prensa, entre 1959 y 1964) y su amigo Vlado Radovich le propuso hacer un documental sobre el trabajo en el Perú. Para Robles, rodar la cinta sería un taller de aprendizaje.

La primera ley de cine en el país, la N° 19327, de 1972, fue producto también de su persistencia. La gestionó directamente ante el general Juan Velasco Alvarado.

“Un amigo común nos presentó y le dije que necesitábamos la ley, me dijo ‘¿para qué?’ y le respondí ‘porque la cinematografía norteamericana siempre trata de joder a la cinematografía que nazca en otros países’ y me contestó ‘vamos a joder a los gringos’ y dio la ley para joderlos”, recordaba entre carcajadas.

En los quinquenios posteriores también exigiría una nueva ley de cinematografía nacional, que llenara los vacíos de la anterior, y así luchar contra el “analfabetismo cinematográfico” en el país.

El otro analfabetismo

“El analfabetismo resulta tan grave como el analfabetismo cinematográfico porque nos pone completamente inertes, como espectadores sin capacidad de críticas y de apreciación y de creación ante el lenguaje con el que se expresa, se recrea, se informa y se influencia a la totalidad de la población de todo el mundo”, dijo en 1989.

Se iniciaban los noventa, éramos un país de 350 salas, no había cadenas de cine y la endémica cultura del consumo masivo estaba dominado por el mal cine, perennizado en la cartelera comercial. Para Robles Godoy, “si traer buen cine [los distribuidores] al Perú fuera un excelente negocio, llegarían buenas películas”.

Aunque había hecho largometrajes, no vio como género menor al cortometraje. Sumó 25 cortos. En ellos encontró un espacio de total libertad.

Sostenía que “la realidad debe servir solo de inspiración para la producción de una película y no ser una copia fiel. Y eso es lo que le falta al cine peruano, adolece de imaginación”, opinaba hace tres décadas.

Lo erótico

El cineasta, de un metro noventa de estatura y eterna coleta, era un inmodesto hombre de pensamiento libre.

Enrojecía a la sociedad limeña que lo tildaba de orate porque siempre hablaba a voz en cuello del erotismo, de la sexualidad (“la función erótica es maravillosa y tan importante como la función intelectual”) o de sus gustos (“una de las cosas que me gustan de las mujeres es el culo”).

Sin tapujos explicaba que practicaba el onanismo (“Todo el mundo se masturba en una u otra ocasión, y si no lo hacen, deberían”) y consideraba que “la bisexualidad es la posición más avanzada en relación al ser humano”, aunque lamentaba que no tenía inclinaciones homosexuales.

A la pornografía la definía como “la expresión de los niveles más bajos de la sexualidad”. “Cuando no hay arte erótico por pacatería, por hipocresía, por ignorancia, por falta de una verdadera educación sexual, de un legítimo ejercicio sexual, el público tiene que refugiarse en lo único que le queda: la pornografía”, apuntó a los 64 años.

Ponderaba que el erotismo “es la única función realmente positiva que tiene el ser humano. Porque todas las demás funciones tienen sus lados positivo y negativo”.

Abrazar el cine

Robles Godoy entendió tempranamente, a los 6 años, que no había heredado la vocación musical de su padre, el compositor Daniel Alomía Robles. Para Armando, sentarse frente al piano era un suplicio. Llegó a detestar el instrumento, pero el conocimiento musical le serviría en su posterior vocación cinematográfica, que también se la debía a su padre, al igual que el amor por el Perú (“Amo al país como abstracción, como entidad viva. Lo que me jode son los peruanos”).

Su padre era cinemero, y en Nueva York, donde nació su hijo, Armando empezó desde pequeño sus labores de crítico y traductor, pues don Daniel no hablaba inglés. Años después, Robles Godoy sería el pionero en la enseñanza del arte cinematográfico en el Perú.

En Colombia, dirigió la telenovela de 90 capítulos Los recién llegados, pero fue prohibida en el Perú porque trataba sobre la Reforma Agraria. Y en las tablas, como director, ganó dos veces el Premio Nacional de Teatro.

Hijo del cóndor

A lo largo de los años, Armando Robles Godoy insistiría en recopilar y recuperar la gigantesca obra musical de su padre, el creador de la zarzuela ‘El cóndor pasa’, que llegaría a hacerse un hit universal.

En 1988, gracias al apoyo del Concytec, lograría finalmente publicarla en tres volúmenes. Y en el 2006, entregaría más de 1,000 manuscritos de su progenitor a la PUCP.

Fue el cineasta quien lucharía por reivindicar los derechos de su padre como autor de la música, tras la grabación del norteamericano Paul Simon de ‘El cóndor pasa’ en 1970. Le quedó en pendiente la película sobre la vida de su progenitor: ya había escrito el guion y tenías las locaciones.

Lo literario

Su producción creativa no estuvo limitada a lo cinematográfico. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y publicó dos libros de cuentos (La muralla verde y otras historias, de 1971; y Un hombre flaco bajo la lluvia. Doce cuentos de soledad, del 2004) y las novelas Veinte casas en el cielo (1962) y El amor está cansado (1976). Dejó en el tintero otras novelas y un ensayo.

De 1949 a 1957, Robles fue a colonizar la selva de Tingo María, sin perder su espíritu creativo. Ahí también abrazó el movimiento filosófico Cuarto Camino y nacieron sus dos hijas. Una de ellas, la poeta Marcela Robles, lo recuerda “sentado durante horas en ese extraño ritual frente a su pequeña máquina de escribir”.

“Ese Armando que ejercía su ritual misterioso y solitario de la escritura contradecía de alguna manera al Armando grande y fuerte al que tenía que mirar en contrapicado debido a su elevada estatura, y que, machete en mano, cortaba vigorosamente la maleza del monte e intentaba combatir las plagas que acechaban los cultivos”, escribe ella en el prólogo a la nueva edición de La muralla verde y otras historias, lanzada el año pasado por el sello Alfaguara.

***

A los 81 años le había quedado el insomnio como efecto de una larga enfermedad que superó. Se le preguntó si volvería a vivir su tan variada y rica vida. “Volver a repetirla sería muy aburrido, además no me gusta nada planificado. Mis grandes alimentos siempre han sido lo misterioso y lo imposible, cuando una cosa tiene esas cualidades vale la pena, lo posible me interesa menos”.

Descubrir el placer de morir sería un tópico del que hablaría en sus últimas entrevistas. Quería irse como Sócrates, rodeado de amigos. O Petroneo, quien murió en una fiesta. Quería morir conversando, rodeado de buenos amigos, con buena música. (Con información del Centro de Documentación de El Peruano).

Dato 

6 películas, estrenadas entre 1965 y el 2003, integran su cinematografía.