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No pasó mucho tiempo de aquella cruzada, los protectores de K’acha, alzaron la mirada al cielo y vieron con sorpresa una intensa lluvia de fuego (“nina para” en quechua), que provocaba incendios, muertes y dejaba el páramo en tinieblas. Las gentes entendieron que era un castigo y el remedio eran las súplicas de perdón a quien no conocían.
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En adelante K’acha volvió a respirar paz y tranquilidad, de sus campos de cultivo germinaron sus frutos, a sus colinas retornaron camélidos y en su cielo trinaban otros cantos de esperanza. De sus habitantes se desprendió, como agradecimiento, esculpir una estatura y edificar un singular templo jamás construido hasta hoy.
De K’acha a Raqchi
K’acha con los siglos pasó a llamarse Raqchi, y está abrazado celosamente por los apus Tukaliana, Sayaperka y Kinzachata, en el distrito de San Pedro, provincia cusqueña de Canchis.
Allá se preserva imponente el gran muro inca con hornacinas y ventanas, y sobre ellas una pared de barro que se alza desafiante a la gravedad del extenso Willkamayu.
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Américo Tapia Figueroa, estudioso de Raqchi, considera que el “nina para” pudo ser la erupción del volcán Kinsachata (hoy apu homónimo) y las cenizas candentes, que cayeron sobre K’acha. En la zona hay piedra volcánica que sirvió para edificar el templo al Wiracocha y cerrar la urbanización con una muralla que llamaron Ch’ekata.
La principal arquitectura, que forma parte de un centro ceremonial en memoria al Wiracocha es inca. Cronistas como Cieza de León atribuyen la construcción al inca Túpac Yupanqui; por su parte, Juan de Betanzos, a Huayna Ccapaq; mientras que Bernabé Cobo y el Inca Garcilaso de la Vega a Wiracocha, aquel inca que tomó el nombre del Dios tras un sueño divino.
En Raqchi se ubica el “Partenón Inca”, de 25 metros de ancho por 92 de largo, ubicado sobre los 3,450 m.s.n.m.
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En alrededores hay recintos con piedra volcánica, ushnus (espacios ceremoniales), fuentes de agua, 156 colcas, un espacio con habitaciones denominado “casa de los Chaskis”, terrazas, una laguna artificial, el Q’apaq Ñan o camino Inca al Qollasuyo. Toda la urbe está cerrada por el Ch’ekata.
Alfarería y cerámica
Aquí dominan con maestría la arcilla extraída de las orillas del Vilcanota y arena volcánica para la alfarería y cerámica. Hasta la década de 1980 no había vecino que no se dedicara a este oficio.
El maestro Gonzalo Rodríguez Moro afirma que producen entre muchos artículos rakis o aríbalos gigantes para preparar la chicha de jora, bebida sagrada de los incas. “Lo que hacemos es muy resistente, está bien quemado”, destaca.
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La fama de los Raqchis, nombre quechua que en español significa “arcilla cocida al fuego”, trascendió regiones, no había feria donde no se hallara sus trabajos embellecidos con pintura a base de hierba y tierra; el Valle Sagrado de Los Incas o las festividades patronales eran buenos mercados “hacíamos trueque (intercambio) con maíz y chuño”, relata el maestro Rodríguez.
Aquel apogeo se mantuvo por décadas, pero con la llegada de los objetos en loza y plástico, y su masificación, los Raqchis tuvieron que agregar nuevos artículos a su amplia producción. El comunero Bonifacio Camino Rodríguez explica que de los objetos tradicionales se pasó –bajo la misma técnica ancestral– a los artículos ornamentales que gustan a turistas.
Turismo vivencial
El pequeño pueblo resalta no solo por su templo inca, sino también por la bella capilla San Miguel Arcángel, construida hace 350 años.
Raqchi fomenta desde hace una década el turismo vivencial. Por sus callecitas empedradas y casas de barro, turistas deciden quedarse algunos días atraídos por la cultura y el paisaje.
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La secretaria de la Asociación Turismo Vivencial Raqchi, Esther Camino Morón, afirma que los visitantes comparten la gastronomía andina, recorren el parque arqueológico, campos de cultivo de donde extraen los alimentos para la preparación del almuerzo, aprecian la alfarería, visten ropa típica y por las noches evocan con kintus de coca y chicha a los apus que protegen el patrimonio cultura.
“Los recibimos con cantos en quechua, participamos de una ch’alla o brindis con nuestros apus, luego celebramos en una fogata bailable”, destaca Esther. Recuerda que con la llegada del siglo surgieron propuestas de revalorar esa cultura viva e introducir en ella a visitantes que cada vez quieren saber más sobre Cusco.
Cultura viva
Modesta Challco Inca, alcaldesa de San Pedro, fue visionaria: desde el 2000, investiga y promueve Raqchi para el mundo.
Ella, junto con otros gestores, logró recuperar los verdaderos colores de la ropa típica e iniciar con la cultura viva para los turistas que volverán después de la pandemia y la crisis política.
La “umalleq” o autoridad, se entusiasma. “Hay mucho que trabajar –dice–, aquí la naturaleza nos enseña el calendario agrícola, la llegada de las aves y el florecimiento de las plantas tienen una lectura”.
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También se explaya sobre el Watanakuy o ceremonia que consta en reunir e intercambiar semillas, a esta cita, aunque no lo crea llegan europeos, norteamericanos y latinoamericanos, a traer lo suyo.
Además promueven cada junio el Festival Internacional Folklorico Raqchi, con un ritual ancestral y desfile de danzas típicas en la explanada adyacente al templo inca. “Vivimos en una tierra bendita donde gozamos del ayni y la mink’a (trabajos mancomunados y en reciprocidad), tenemos cerámica, gastronomía, paisajes”, dice. (Texto y fotos: Percy Hurtado Santillán)
Justo reconocimiento
Por todas sus características, de pequeña comunidad privilegiada con muchos factores de vida y desarrollo, le sirvieron a Raqchi para ser declarado, junto al pueblo de Lamas (en la región San Martín), Best Tourism Villages 2022, proyecto insignia del Programa de la Organización Mundial del Turismo (OMT) sobre Turismo y Desarrollo Rural. “Nosotros nos sentimos muy complacidos y orgullosos de pertenecer a esta tierra bendita donde los incas han dejado este hermoso templo”, dice la alcaldesa Modesta Challco Inca, sin dejar de lado el compromiso que cada ciudadano del mundo que pise Raqchi, será recibido con alegría y hospitalidad.