Central
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
Ese jueves fue apocalíptico, con una sobrecargada agenda climatológica para los valles secos de Lima. Hablo de la noche del 15 de enero de 1970, cuando los vecinos de la capital fueron testigos de una suerte de fin del mundo local, que a falta de fuegos infernales se hizo realidad en forma de un chaparrón sin igual, que se inició sobre las seis de la tarde.
La garúa había dejado ese fino mohín sietemesino de lluvia, casi inocentón como lamida de perro del cual se burlan los extranjeros, y se convirtió en una precipitación pluvial de hipérbole, con todas las letras.
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Juraban los testigos que el cielo limeño tornó entonces a un color cárdeno. Y en El Peruano, alguien la describiría como “un descenso continuo de piedrecillas líquidas”.
Esa agua que caía al por mayor desde las nubes, sobrepasó los cauces de los ríos y anegó las avenidas limeñas. No, no era una lluvia de verano, de esas que vienen con el cambio de estación y con dos escobazos, se echa a un lado. No. El fenómeno nocturno fue extraño, largo y letal: duró cuatro horas, y haría crecer las aguas de los ríos Chillón y Rímac. Se tiene la data de que el “Río Hablador” duplicó esa noche su caudal.
Dejaría más de tres mil familias damnificadas, básicamente de los pueblos jóvenes (entonces conocidos como “barriadas”), cuatro muertos, decenas de heridos, algunos electrocutados, numerosos cortocircuitos, amagos de incendio y cuantiosas pérdidas económicas. Con todo ello, el inusual chubasco se convirtió en el más fuerte que Lima había soportado en 50 años.
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Inundó la pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, y faltaron brazos para retirar con cubetas y escoba el abundante aniego del área de Aduana y la sala de espera.
Los periódicos contarían al día siguiente que las calles del corazón de la ciudad se hicieron ríos y se multiplicaron los enormes charcos que sorteaban coches y transeúntes. Era una lluvia que ni en el peor invierno se había visto en la tierra de las tapadas.
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Las principales arterias como la Vía Expresa, el by-pass de la avenida Arequipa o el malecón Cisneros en Barranco, se inundaron.
Las aguas caídas no tuvieron respeto ni por la cruz: se inundó el templo de Monserrate y los hermanos Descalzos trabajaron hombro a hombro con vecinos y la feligresía para sacar en cubetas las aguas de la casa de Dios.
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Medio siglo hacía hasta entonces que el río Chillón no se desbordaba. Un manto de lodo, piedras y maderos cubriría la barriada de El Progreso, también Porras Barrenechea y Collique. Y un hombre caería fulminado por una descarga eléctrica.
El río Rímac causaría daños en todo su cauce. Chosica sería entonces de las más afectadas. Todavía huaico era una palabra quechua que se escribía con “y”. Y diversos huaicos se encargarían de bloquear la carretera Central entre La Oroya y Matucana.
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Todavía Lima era una ciudad más de paja y quincha que de cemento –entonces un lujo de las clases acomodadas–. La inusual lluvia apuró a la fuerza a la modernización de una parte de la ciudad porque se trajo abajo techos y paredes que había visto a virreyes y a San Martín.
Las zonas modernas también sufrieron: el edificio de El Peruano, en el jirón Quilca, tuvo muchos daños y el personal hizo milagros para sacar adelante la edición.
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El alcalde Eduardo Dibós trataba de dirigir las acciones de emergencia desde su lecho de enfermo, en una clínica privada. Y el Consejo Provincial de Lima promovería una colecta de ayuda para los damnificados que, una semana después, lograría reunir 857,650 soles.
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Esa noche de cataclismo histórico, el puente Dueñas quedó en tinieblas por una hora debido a un cortocircuito y varias zonas del distrito de San Martín de Porres.
La compañía Empresas Eléctricas Asociadas confirmaría las interrupciones del servicio eléctrico en diversas zonas de la capital, desde la noche del jueves hasta la madrugada del día siguiente producto del aguacero atípico: el enjambre de ingenieros y técnicos trabajaba sin horario en las averías de las líneas, en los centros de transformación de energía eléctrica.
El momento más crítico fue entre las 4:55 y 5:20 de la madrugada, cuando un apagón repentino abrazó a la ciudad debido a una “breve interrupción del suministro de energía eléctrica”.
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Hagamos zoom out: esa noche de hace 53 años, había llovido a cántaros desde Chancay hasta Ica. Se dieron también desbordes de los ríos en Lurín, Chilca, Mala y Cañete. El fenómeno atmosférico, más allá de los grandes efectos en la capital, había afectado a todo el país. Los campesinos, los pobladores de las zonas rurales, tanto ayer y como hoy, fueron los más afectados: perdieron todo, sus casas, sus cultivos.
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Eran tiempos del general Juan Velasco en el poder. Al día siguiente, se tuvo que declarar en emergencia desde Ñana hasta Matucana y todos los hospitales de Lima pasaron a estado de alerta: porque amén de los heridos, se habían multiplicado los casos de afecciones bronco-pulmonares.
La Guardia Civil de la Segunda Región de Policía se encargó de abrir las comisarías, las postas médicas, las parroquias y las canchas deportivas como refugios donde pernoctaron los damnificados de las zonas ribereñas.
Los bomberos no pegaron los ojos esa noche debido a las alertas por los cortocircuitos e incendios. El incidente más significativo fue el cortocircuito del aviso luminoso de Pilas National en los altos del edificio Anglo Peruano, en la esquina de la avenida Grau con el Paseo de la República.
También tomaron acciones de apoyo los ministerios, la Junta de Asistencia Nacional (JAN), Beneficencia Pública de Lima, los municipios de Lima y Chaclacayo, las Fuerzas Armadas. Así el gobierno militar ponía en acción la “Operación Socorro”.
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Cientos de anónimos voluntarios pusieron el hombro en esos momentos de caos. Y hasta un centenar de alumnos del Instituto Pérez Araníbar se trasladaron a hasta las riberas del Rímac para ayudar como zapadores a los pobladores.
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Al día siguiente, continuaron las fuertes precipitaciones y cayeron cinco huaicos más. La temible lluvia había dejado cientos de damnificados en la margen izquierda del río Rímac: la Carretera Central se afectó severamente y una gruesa capa de lodo cubría los durmientes del Ferrocarril Central.
En esa zona miembros de la Cruz Roja y los obreros de la Dirección de Caminos trabajaban incansablemente para socorrer a las víctimas y poner en pie la infraestructura, respectivamente. Lima también estaba incomunicada con el norte: el río Supe se había desbordado cortando un tramo de la carretera Panamericana.
La ciudad tampoco podía hablar: la lluvia había afectado al servicio de telégrafos y dos días después, se tenían más de 2,500 “servicios de teléfonos” averiados.
Datos:
De 80 cm3 por segundo subieron a 180 cm3/seg. las aguas del Rímac.
La zona más afectada por las lluvias y huaicos fueron los kilómetros 14 y 26 de la carretera Central.
Los días 22 y 23 de marzo de ese año, la capital soportó una segunda lluvia.
Cifra:
4 horas duró la gran descarga pluvial sobre Lima.
(*) Con información del Centro de Documentación de El Peruano.