Central
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
1.
Los ojos agobiados del Cristo pálido parecen seguirme y me ofrecería a ayudarlo cuesta arriba con el madero bajo el cual sucumbe. Ese efecto de la mirada y la expresión del rostro iluminado son características de la escuela flamenca y del genio del inmortal Pedro Pablo Rubens?(1577-1640). Se llama La subida al calvario y forma parte de los 11 cuadros que integran la serie Vía Crucis, en la sala de Profundis del Museo Convento San Francisco y Catacumbas de Lima.
Las circunstancias de cómo llegó este conjunto de obras desde los talleres de Rubens al convento franciscano en el siglo XVII aún son desconocidas, pero de lo que no duda Cayetano Villavicencio Wenner, curador de arte y relacionista público del museo, es de que los óleos de gran formato arribaron al Callao enrollados y aquí los tensaron en los caballetes para que casi cuatrocientos años después estemos admirándolos.
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El museo San Francisco se asocia a las catacumbas y los huesos y calaveras de los antiguos vecinos de Lima. Ya llegaremos a eso. Es el arte religioso, de maestros europeos, limeños y cusqueños, el sino de la belleza de este espacio religioso.
Ya en la portería, donde los turistas esperan turno para ingresar con los guías, un retablo de tres cuerpos, pintado por el romano Angelino Medoro (1567-1631), cubre toda una pared y muestra pasajes de la pasión de Cristo.
El cuadro está sobre el altar en el cual se ofrecían misas para quienes partían a la eternidad. En el espacio hay abundante simbología relacionada con la muerte y la pasión de Cristo; por ejemplo, la Virgen con la espada de los siete dolores; un franciscano reflexionando frente a un cadáver anónimo; el Niño Doctorcito.
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Pues bajo el atrio, las escalinatas del templo de San Francisco y parte de la plazuela se ubicó el primer cementerio de la ciudad, como señalan las crónicas, respaldadas en grabados de los siglos XVII y XVIII, un camposanto dividido por un muro pretil de más de 5.6 metros y 27 cruces, donde se enterraba el pueblo. Adentro del templo, bajo los altares, se enterraban en criptas los cófrades.
Al lado opuesto, cruzando la anteportería y un letrero en latín que dice “Solo a Dios el honor y la gloria”, hay un Cristo labrado en madera de Brujas (Bélgica), de perfecta musculatura, que parece un hombre crucificado. Esta imagen, hoy Jueves Santo, se traslada a la basílica de San Francisco para las celebraciones. Allá se vestirá del sudario de plata que usa para ocasiones de la fe.
Este ambiente –el primero de una veintena de locaciones que ofrece el recorrido– presenta algunas características que serán constantes en el museo: 1) la presencia de los azulejos sevillanos y limeños en sus paredes; 2) la presencia de la imagen de la Inmaculada Concepción, características de todo templo franciscano, por ser la patrona de esta orden; y un arte colonial exquisito. Cayetano Villavicencio dice que lo que veremos es solo una parte de la riqueza pictórica, ya que la pinacoteca de este centro religioso suma más de 430 obras.
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2.
El segundo ambiente importante es el dedicado a San Francisco Solano, con dos estatuas hechas a su medida (1.53 metros). En uno de ellos lleva un rabel de dos cuerdas, que el santo mestizo alegraba sus días. Los restos de “El patrón protector contra las pandemias” yace en este templo limeño, pero su ubicación exacta es secreto mayor.
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El jardín interior dominado por una pileta (que el tradicionista Ricardo Palma consideraba entre las tres más bellas de la ciudad) lo delimitan cuatro galerías, hermoseadas con los azulejos: los sevillanos se distinguen por su mayor trabajo y formas, mientras que los limeños se limitan a la pulcritud de las líneas geométricas.
Dato curioso es que en las galerías hay siempre dos Atlantis en las columnas. Villavicencio explica que no hay otro mensaje, que solo se trató de ornamentación de estas columnas embellecidas en su mayoría en el siglo XVII.
Por una galería, los grupos de turistas van avanzando. Arriban, por ejemplo, a la Sala Capitular, que domina un retablo de la Inmaculada. Era un espacio de debate, similar al Salón de Grados de San Marcos, pero con mucho detalle en pan de oro y donde los religiosos discutían de filosofía, teología y otras materias. Aquí también, días antes de la independencia del Perú, los obispos reconocieron obediencia a la nueva república.
El ambiente tiene mayor belleza que el refectorio o comedor –que es dominado por una versión de la Última cena, atribuida al pintor Diego de la Puente–, que es más amplio y cuenta con un mobiliario del siglo XX, con menor suntuosidad.
Hoy, la sala de Papas alberga una colección de nacimientos, pues se celebran los 800 años de la primera representación de un nacimiento de Jesús, cuando en el pueblo de Greccio, San Francisco, previa anuencia del papa Honorio III, hizo la primera representación de un Belén.
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3.
En la Antesacristía figura un enorme lienzo con el “árbol genealógico” de la Orden Franciscana, de 1734. Y en la sacristía, donde hay 35 medias tallas que representan a los santos y mártires de la orden, y la pieza sin igual: la gran custodia de plata traída desde el Cusco en 1672.
En el primer desnivel camino a las catacumbas está la Cripta de los Venerables, donde descansan los restos del padre José Mojica, siempre con flores, el cantante de ópera y artista de cine mexicano que dejó la fama para vestir los hábitos. Y el cenotafio de fray Juan Gómez, quien desde 1631 se desempeñó por 40 años como enfermero de este templo.
Vamos a entrar al espacio más famoso de la iglesia San Francisco: las catacumbas, que se extienden debajo del altar mayor y el crucero de la iglesia. El curador Cayetano Villavicencio explica que por las dimensiones y características técnicas, el nombre más apropiado que deberían recibir estas galerías bajo los pies de la iglesia de San Francisco sería criptas sepulcrales y no llamarlas catacumbas, pero ha quedado en el imaginario colectivo como catacumbas.
El admirable trabajo de ingeniería antisísmica de los muros, que ha permitido mantener por siglos este espacio subterráneo soportando toda la estructura de la iglesia de San Francisco, continúa siendo hasta ahora estudiada por arquitectos e ingenieros.
Aquí eran enterrados, en una suerte de mausoleos –en compartimentos superficiales y subterráneos– a los pies de los retablos de los altares laterales, los hermanos o cófrades de las hermandades correspondientes. Explica el curador que en el templo de San Francisco se daban cita hermandades de vascos que adoraban a la Virgen Inmaculada; de artesanos que adoraban a San Eloy.
Hay fémures muy largos, de más de 40 centímetros, a los pies del altar a Santa Efigenia, por ejemplo, lo que para los investigadores responde a que los cófrades pertenecían a alguna de las siete etnias africanas que llegaron al virreinato del Perú en la Colonia. O bajo los pies de la Virgen de la Candelaria, que data de 1580, se agruparon los devotos indígenas. Los devotos seguían por entonces al pie de la letra lo que decían los predicadores: si tu alma está enterrada cerca o dentro de una iglesia, estarás más cerca de Dios.
Datos:
hasta el domingo 9, el Museo Convento San Francisco y Catacumbas de Lima atenderá de 9:00 a 21:00 horas. Todos los días. Informes: 426-7377.
20 guías fijos y 24 guías practicantes trabajan en este museo. Por un proceso judicial, las obras de Prolima en la plazuela de San Francisco están paralizadas.
La Iglesia y Museo de San Francisco, el Santuario Nuestra Señora de la Soledad y la iglesia del Milagro forman una unidad arquitectónica con la plazuela San Francisco.
Cifra:
430 obras salvaguarda la pinacoteca de este museo.