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Texto y fotos
jvadillo@editoraperu.com.pe
Los objetos del deseo se balancean a cuatro metros de altura, entre huainos, mulizas y tunantadas. Entre hojas del eucalipto joven, serpentinas multicolores y globos. Junto a pelotas de peso ligero, jarras, paneras y tinas de plástico, y polos talla small que también desafían a la gravedad amarrados con cintas a las ramas.
Los ojos de los curiosos se posan sobre las coloridas llicllas y las abrigadoras frazadas. Calculan, algunos entre risas y otros con la seriedad de estrategas militares, cómo hacer para, a la hora de la hora, cuando la gravedad haga su trabajo, ser los primeros en lanzarse y llevarse las preciadas prendas. ¿Quiénes serán los afortunados?
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Popopó, popopó. Al lado de la explanada donde ayer temprano se realizó la ‘traída y plantado’ de los seis ‘montes’ (jóvenes especímenes de eucalipto), ahí, en la canchita de fútbol los músicos se han instalado con sus atriles. Popopó, popopó, a punta de trompetas y trombones en armonía, rutilante tarola y bombo, popopó, popopó, la banda Súper Sinfonía de Jauja alegra la tarde en Chupaca –aquisito nomás de Huancayo– con un mix de huainos, tunantadas, popopó, popopó, puros éxitos de oro, del hoy y ayer.
En parejas, hombres y mujeres bailan, zapatean y de rato en rato corean las melodías que hicieron inmortales Picaflor de los Andes, Estudiantina Perú, Amaranta, Raíces de Jauja… Bailan alrededor del primer árbol que tumbarán esta tarde de cortamonte y alegrías en el valle del Mantaro.
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¿Cómo distinguir a los jaujinos de los huancaínos?, pregunto. Joseph Rengifo lo sintetiza: los primeros van enternados, mientras que los segundos usan los chalequitos que los danzarines de huaylarsh han hecho famosos. La mayoría de las mujeres llevan traje de gala andino, de elegantes polleras.
Afirma la física moderna lo que ya decía Heráclito en la Grecia antigua: que el universo está en constante cambio. En el valle del Mantaro, la tradición del cortamonte continúa, pero se modifica en el tiempo.
Con la llegada de la pandemia, por ejemplo, se dejó de brindar todos del mismo vaso. Cada integrante del club Lapi, sus esposas e invitados llevan cada uno un vaso de cristal en un forro de tela amarrado al cuello. Al momento de brindar de la botella, cada quien saca su vaso y se sirve a gusto.
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Los cajones de la espumante cerveza sin helar se van vaciando como acto de magia. Esta mañana, temprano, cada ‘monte’ fue adornado por sus respectivos padrinos, que llegaron en camionetas llenas de enseres de plástico con los que alegrarán la tarde de grandes y chicos.
Con esta actividad central, el club Lapi festeja medio siglo de vida institucional y lo hace con un clásico cortamonte de seis eucaliptos.
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Todavía sobrevive un grupo de las esposas de los fundadores, señoras sobre los 80 abriles, que cuentan la historia inicial de este grupo que fundó el club de los hombres ‘lapi’, una palabra quechua que significa, al parecer, alicaído.
Aquí se ingresa, en primer lugar, por derecho hereditario, de padres a hijos de las familias fundadoras. A ello se suman los amigos de algún socio, previa evaluación del grupo. No basta tener una abultada billetera, sino que debe haber consenso en dar la bienvenida al nuevo integrante y convertirse en el nuevo ‘lapi’.
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“¡Corta, corta!”, le gritan al último hombre que ha tomado con determinación el hacha y se para envalentonado frente al árbol de su destino.
Un par de minutos antes, los padrinos le han ofrecido a él y a su acompañante tragos para que se llenen de valor. La familia de los padrinos también se esmera en invitar a los asistentes pastelillos para endulzar la tarde.
Su pareja intentó primero sin mucha suerte. Faltan menos de una decena de hachazos para que el árbol sucumba a las leyes de la gravedad. Ya se sabe: quien tumba el árbol será el encargado de traer y adornar uno, igual o mejor, el año siguiente.
Por eso, sabiendo de tamaño compromiso, que incluye invitación de cajas de cerveza y bocaditos, entre broma y broma, los hombres prefieren darle machetazo como besos a una dama. Otros van midiendo, envalentonándose, se olvidan de la inversión y zas, se avientan a tumbar el árbol.
Otros, más cautelosos, averiguan que un árbol cuesta 2,000 para los hombres y 1,500 para las mujeres; responsables, preguntan a sus señoras si están de acuerdo en seguir esa empresa; consiguen el apoyo verbal de amigos o familiares que los respaldan en la determinación. Entonces, y solo entonces, afilan mentalmente el hacha y se lanzan a mandar abajo el árbol.
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Cuando el árbol cae, la banda hace un amago de silencio y retoma la melodía con más fuerza mientras sobre el palo caído decenas de personas se avalanchan para lograr llevarse alguito. Un cortamonte es como una piñata donde los adultos están autorizados a gozar sin remordimientos.
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La tarde avanza rápidamente. La rutina se repite alrededor de cada árbol, con sus padrinos empeñosos alistando el hacha y los tragos para ceder el lugar al próximo padrino. Los nuevos padrinos recorren cuaderno en mano los distintos grupos haciendo firmar las promesas: una, dos, cinco cajas de cerveza; bocaditos, etcétera. El último árbol en caer es el más cargado, el principal, el que lleva una lliclla y una manta. La luz de los reflectores no alcanza y una camioneta presta sus faros neblineros para alumbrar mejor la puntería de los siguientes padrinos.
Zas, el mar humano corre, chicos y grandes, en busca de algo; hay uñas quebradas, fuerza. Un grupo de jóvenes ya está sobre el árbol sin esperar que llegue al piso. Una señora joven limeña logra llevarse la lliclla y se retira triunfante (ya tendrá una historia más para contar a sus nietos); un hombre se envuelve como Batman en la manta y no hay nadie que ose quitársela. Hay risas, más saludes, más baile. Ahora todos están invitados a pasar al salón de baile. La banda ha trasmutado, cambia de integrantes como en ajedrez y se convierte en orquesta. Allá continuará la jarana andina, entre cumbias y huainos, mientras presurosos se retira el último árbol caído y los Lapi se abrazan prometiendo que el próximo año será mucho mejor.