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  • de mayo de 2026

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historias del puerto

Día de la Madre: historias de mujeres que se dedicaron a los oficios del mar en el puerto de Chancay


Editor
José Antonio Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


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Antes, yo podía elegir los mejores pescados de las embarcaciones que llegaban. Vanessa ven, me decían los compañeros, y escogía lornas, chitas, corvinas, lenguados. Podía también elegir el vestido que quisiera para mis hijos. Ahora, imagínese, ni bajo a la playa porque no hay nada.

Vanessa Salazar se pasea por el puerto de Chancay, donde duermen las embarcaciones de carga menores, la mayoría de motores fuera de la borda; otros a remo. Destapa las tres pequeñas chalanas que fue comprando a lo largo de 25 años. Les puso los nombres de sus hijas. Antes salían al mar casi a diario. Ahora se malogran los maderos, los motores. El ala sur del puerto, a metros de las obras del nuevo embarcadero, parece un mar de lanchas jubiladas. Desde el derrame, el 15 de enero del 2022, para la mayoría de las embarcaciones es como si el mar tuviera bandera roja. ¡Imagínese cuánto me ha afectado!

Es hija, nieta, hermana y esposa de pescadores artesanales. Su hijo es universitario, pero estudia una carrera afín a la pesca. Vanessa preside la Asociación de México de Mujeres Armadoras y Emprendedoras de Carga, que suma a 28 mujeres armadoras o dueñas de embarcaciones. Todas, con esfuerzo, pudieron comprar sus embarcaciones. Ninguna ha vuelto al oficio que les apasiona.

A veces, a Vanessa, de 41 años, le gana el llanto. “Imagínese, tengo cuatro niños, dos en la universidad y dos en primaria”. Aunque las deudas la agobian, dice que no firmará los documentos que le propone Repsol. Los han firmado la mayoría de sus compañeras, pero lo hicieron por necesidad. “Y ahora se arrepienten. No estoy de acuerdo con los términos. No voy a mendigar uno ni tres soles”.

2

María Pulache Aguado es armadora desde hace 25 años. Tiene 63 años, cuatro hijos y está a cargo de dos de sus cinco nietos.

Tiene también una chalana. “Ahorré para comprar la lanchita, para que mi esposo, Alfredo Donaire, salga a pescar ahí. A veces, la alquilaba. Y la chalana salía todos los días al mar”. Ahora los dos ya no se dedican a la pesca. Los jubilaron rápidamente con lo del derrame, me dicen mirando el puerto desde el asentamiento humano Alto Perú, donde hace más de 40 años construyeron su pequeña casa.

Desde hace dos veranos, doña María se recursea “para sustentarme alguito”: lava ropa, hace remendados, etcétera, porque sus nietos le piden leche, pancito, y todo cuesta cada día más caro, señor. Sus hijas también se dedicaban a filetear pescado y ahora buscan cachuelos eventuales. “La chalana no la he vendido, la he mandado a reparar, a cambiarle dos cintas del banco y del fondo”. Pero no sabe cuándo zarpará.

Ahorita todavía no se puede trabajar porque, hace poco, han ido unos buzos y a 30 metros de profundidad han encontrado petróleo que sigue contaminado. No se puede trabajar, señor. Mira al puerto, imagina que su chalana vuelve llena de pescados. ¿La volverá a ver así?

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Treinta de sus 60 años, Rosa Guzmán los ha dedicado al oficio de filetera. Empezaba su labor a las cuatro de la madrugada en el muelle. Podía trabajar hasta las seis de la tarde; a veces, hasta las ocho o nueve de la noche, recuerda, lavando pescado.

Mi papá, mi exesposo, mis dos hijos, son pescadores, pero desde el 15 de enero del año pasado todos nos quedamos sin trabajo. Nos afecta bastante psicológicamente. Muchas compañeras de la Asociación de Procesadoras y Fileteras del Puerto de Chancay han sufrido estrés, enfermedades. A mí, por ejemplo, me dio derrame cerebral en abril del año pasado. Aún no puedo hablar bien, tengo un defecto para caminar y he quedado un poco mal de mi mano. Ahora bajamos un rato, cuando hay pesca, lavamos pescado, pero hay muy poco. Sino, me quedo en casa, donde vivo con mis hijos. He puesto mi negocito en casa, con eso me ayudo un poco.

Sus hijas –Rosa y Erika Collantes– también trabajaban como fileteras. Aprendieron de niñas el oficio: mamá filetera, papá pescador. Uno trabaja el día completo o mediodía, dependía de cada uno. Si querías ganar más, te quedabas todo el día. Ahora, ya no hay, dice Rosa hija. Tengo que buscarme otro trabajo para generar un ingreso para mi familia, soy madre soltera, tengo tres hijos y un nieto a mi cargo. Me voy a la chacra cuando las empresas están en temporada de cosecha. Es la única opción laboral que tenemos, pero nosotras, desde niñas, nos hemos dedicado al puerto, agrega Erika, también madre de tres hijos.

Nosotras podemos hacer otras actividades, pero las señoras mayores, de más de 50, 60 años, ya no pueden dedicarse a otro rubro, no tienen oportunidades laborales. Con el derrame de petróleo les quitaron su rutina diaria. ¿Cómo se sentiría usted si de un momento a otro le quitan su herramienta de trabajo, a dónde va a ir? Las compañeras jóvenes tenemos migrañas, preocupaciones, cómo vamos a pagar las deudas.

Punto de vista de los pescadores

El abogado Mario Carranza representa a las asociaciones de pescadores, fileteras y armadoras de Chancay, Aucallama, Huaral y Ventanilla. Suman alrededor de 500 personas. Explica que la empresa Repsol ha dado 10 adelantos (a la primera semana de mayo) para cada afectado. Un pedido que hacen estas personas es que la firma cumpla con todos los anticipos, tal como señalaba el acuerdo que tomaron con la Presidencia del Consejo de Ministros, y que no haya retrasos en el pago de los mismos. Explica Carranza que las personas que representa se resisten a firmar el acuerdo con Repsol porque consideran “que va en contra de nuestros derechos humanos”. Explica que actualmente los pescadores y Repsol están en un proceso de diálogo con la Defensoría del Pueblo. Por otro lado, señala que entidades del Estado monitorean la zona afectada por el vertimiento de crudo del 15 de enero del 2022: y a año y cuatro meses de los hechos encuentran que, frente a la versión de la firma, todavía hay residuos de petróleo; por ello, no se puede desarrollar la actividad de pesca artesanal.