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Periodista
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“Y mi vacío se llenará pronto con la alegría y la esperanza de la patria”, escribió el poeta en la última línea de su última carta, la que dirigió a su madre, en noviembre de 1962, y que ella leería meses después en la habitación del hijo ausente.
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Un retrato de Etna Velarde de los años sesenta y una fotografía que su abuela guardaba es todo lo que tiene en su casa Cecilia Heraud de la memoria gráfica de su hermano Javier. Aquel joven alto, de los ojos color granadilla.
El resto del archivo del poeta –cartas, manuscritos, cuadernos, el pequeño dossier fotográfico de 50 fotos, etcétera– se salvaguarda desde la década pasada en el segundo sótano de la Biblioteca Central de la Pontificia Universidad Católica, donde están las colecciones especiales, a la mano de los investigadores.
La señora Heraud acaba de comprobar que su hermano es inmortal. Hace unos días, en la presentación del libro Enteramente y eternamente. Cartas (1958-1963). Javier Heraud (Lima, Lumen 2023), en la librería El Virrey, no cabía un alfiler: personas de distintas generaciones se dieron cita.
Se confirma así que ningún poeta vivo en el Perú genera tantas expectativas como Javier Heraud (1942-1963), muchacho, 60 años después. Es un fenómeno del cual la familia ha tomado conciencia a lo largo de los lustros (colegios que llevan su nombre e himnos en los que se resaltan sus cualidades).
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Por estas fechas, cuando se recuerdan 60 años de la muerte del poeta-guerrillero, vuelven dos películas sobre su figura: la ficción La pasión de Javier (2022) y El viaje de Javier Heraud (2019), este último es un documental de Javier Corcuera, protagonizado por la nieta de Cecilia, Ariarca Otero.
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La señora Heraud ha cumplido con la tarea que le encomendó su padre, Jorge Heraud Cricet. “Yo quiero que mi hijo no muera nunca”, le pidió don Jorge y ella inició un trabajo de documentación que le ha llevado décadas, entrevistando, reuniendo material, fichándolos, digitalizándolos.
Fue terrible la reconstrucción de la vida de su hermano. Le afectó tanto que tuvo que parar el proyecto por tres años. Ya recuperada, escribió y publicó, con auspicio del Concytec, Vida y muerte de Javier Heraud (1989); aumentada y corregida apareció como Entre los ríos (2013). Una década después, publica Enteramente y eternamente, tomando la frase que escribió su hermano en sus epístolas.
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En 1958, con 16 años, Javier Heraud ingresó a la Facultad de Letras de la PUCP. Deslumbró en la prueba oral a Raúl Porras Barrenechea y Luis Jaime Cisneros. Al año siguiente, hizo un viaje a Huánuco (su carta a su madre, del 26 de enero de 1959, es una crónica de ese viaje). En 1960 publicó su poemario El río, en la colección Cuadernos de Hontanar, de Javier Sologuren y Luis Alberto Ratto; y compartió el premio trujillano de El Poeta Joven del Perú con César Calvo. En 1961 viajó a Moscú (Rusia) para participar en el Fórum Mundial de la Juventud. Llegó a París, donde quiso estudiar cine, pero la falta de dinero le frustró sus planes. Culminó su libro Estación reunida.
Cecilia Heraud ha reconstruido el itinerario final de su hermano, el de 1962, cuando viajó con un centenar de jóvenes peruanos de Arica a Cuba, con la ilusión de estudiar cine. Luego, tras prepararse como guerrillero, pasó por Europa, Bolivia y la selva del Perú. En París, que había visitado un año antes, no pudo visitar a sus amigos Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa porque su viaje fue secreto.
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A sus 79 años, la señora Heraud recuerda que al enterarse de la noticia del asesinato de su hermano, el 15 de mayo de 1963, el hogar de los Heraud Pérez, una familia clasemediera miraflorina que era “absolutamente feliz”, se resquebrajó.
El autor de El río murió bajo una lluvia de balas cuando atravesaba en una lancha el río Madre de Dios. Lo acribillaron. Y él solo portaba un trapo blanco.
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Cecilia, entonces de 19 años, acompañó a su padre a Puerto Maldonado en noviembre de ese año. Recorrieron el río con el agente fiscal. Visitaron el cementerio. La ciudad era entonces solo una aldea con calles de tierra, casas de madera y un único hotel. En ese contexto, cualquier foráneo era reconocido y señalado.
“Mi padre se opuso a que Javier viajara a la Unión Soviética y a Cuba, pero no pudo hacer nada porque Javier se fue a Europa a los 19 años, ya emancipado”. Sin embargo, hasta que el cardiólogo se lo prohibió, cada 15 de mayo, Heraud padre peregrinaba con sus flores a Puerto Maldonado.
Las cartas
Las cartas que reúne el libro, que Cecilia Heraud empezó a investigar de forma autodidacta y ahora presenta en forma cronológica, son las que Javier traía de vuelta a casa, en las maletas.
También cargaba con una foto de su madre de jovencita, otra de la familia –que se tomaron en un chifa de la calle Capón–. Y las envolvía con un plástico.
Se puede sondear en el epistolario al joven dicharachero, querendón, de su amor por Adela Tarnawicki, quien fue su enamorada, su preocupación por la literatura y el porvenir, las relaciones sexuales, la curiosidad por conocer otras realidades.
Se observa cómo se va interesando por el tema político. Ocultará a su familia los detalles de su estadía en La Habana, donde recibirá entrenamiento militar. Hay también la huella permanente de la premonición de la muerte en algunas cartas, tal como sucede en su poesía.
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Como señala el crítico Ricardo González Vigil en el prólogo se ve en la correspondencia de Heraud “su limpidez de espíritu y temprana maduración vital (en la amistad, el amor, la poesía, el cambio revolucionario)”.
Uno de los hilos es la relación con su madre. Victoria Pérez, a quien llama de cariño ‘Votita’. La madre, ya huérfana del hijo, responderá a su remitente sin dirección una carta en abril de 1964, “Gordito”, como le decía, “no olvides que hombres y almas como tú no deben desaparecer.”
Otra correspondencia sostenida la mantiene Heraud a lo largo de los años con su amigo del colegio Markham Degenhart Briegleb (‘Dégale’), quien estudiaba por esos años en Alemania. Es una amistad intensa, en la que hay filosofía, poesía y lazos fuertes, discusión y empatía.
Se incluyen las respuestas de la mayoría de los personajes con los que se carteó su hermano desde el Perú, Europa y el Caribe.
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Muy distinto resulta el tenor y el panorama de la epístola que mantiene entre 1960 y 1961 con el escritor Luis Loayza, a quien conocerá, finalmente, durante su viaje a Europa de 1961.
Hablan de traducción, de poesía, de originalidad. “Pero la originalidad, me parece, solo es posible (o, en todo caso, es más posible) si se trata de hacer poesía de la realidad misma y no de una tradición literaria”, le responde Loayza.
Heraud también establece en la Ciudad Luz una relación amical con Mario Vargas Llosa y su esposa de entonces, Julia Urquidi.
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De la casa miraflorina, en la calle San Martín, donde vivió la familia Heraud y sus seis hijos (a la que el poeta dedicó los poemas ‘En mi casa muerta’, ‘Canción de mi casa muerta’ y ‘Mi casa’), ya no queda muro sobre muro. Lo reemplaza un edificio multifamiliar.
De soltera, Cecilia pasó a habitar el cuarto de su hermano y, por años, mantuvo todo el mobiliario y los objetos tal como él los había dejado. Para ella, la publicación de Enteramente y eternamente es también un punto final. “Tengo que cerrarlo. Voy a cumplir 80 años. Quiero hacer otras cosas”.
Dato:
Javier Heraud publicó los poemarios El río (1960), El viaje (1961) y, de manera póstuma, Viajes imaginarios, Estación reunida, sus poemas escolares y su Poesía reunida.
Su obra está traducida al inglés, serbio, rumano, ruso, francés, italiano, alemán.
Cifra:
120 cartas y 32 postales de Javier Heraud reúne el libro.