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  • de abril de 2026

Cultural

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La bodega de la esquina

Libro Pulperías y chinganas. Lima (1700-1862) revela un aspecto clave de la vida de la ciudad que aún pervive en algunas tradiciones.


Editor
Ernesto Carlín Gereda

Editor de Culturales

ecarlin@editoraperu.com.pe


Las bodeguitas de barrio, cada vez más arrinconadas por las cadenas de minimarket, tienen un origen que se remonta al Virreinato, cuando se les llamaba pulperías o chinganas. Varias de ellas en Lima eran una institución.

El historiador Arnaldo Mera ha lanzado un libro que reconstruye la historia de estos comercios: ‘Pulperías y chinganas. Lima (1700-1862)’.

Particularidades

El especialista refiere que ha tenido que revisar archivos por 25 años, entre legajos judiciales, archivos y documentación variada para darse una idea de cómo funcionaban estos establecimientos.

Cuenta al Diario Oficial El Peruano que la frase de “el chino de la esquina”, que suplió a la más antigua “el italiano de la esquina”, son consecuencias de las normas que se establecieron para las pulperías.

Estas debían tener dos puertas y encontrarse en una esquina. Eran, de acuerdo con Mera, establecimientos permanentes que vendían lo necesario para la vida doméstica.

Lo habitual era, al menos en sus inicios, que lo frecuentaran los esclavos que compraban para la casa de sus patrones. En el lugar se libaba licor y se podía comer pan y queso, según lo que ha documentado el historiador.

Pero ya con la llegada de los italianos al negocio, al inicio del siglo XIX, surgió un clásico de la bohemia limeña: la butifarra. Mera confiesa que aún no ha podido rastrear si hay un plato semejante en la península itálica.

Entre varias curiosidades que ha develado el estudioso es que los pulperos eran los encargados de donar el muñeco de Año Viejo que se quemaba en cada barrio.

Un dato curioso es que las pulperías, con autorización de los gremios de panaderos y cereros, estaban autorizadas a vender pan y vela, que era el consumo diario de varias casas.

Asimismo, eventualmente comerciaban ollas, pues este producto lo tenían en exclusiva los indios de Santo Domingo de los Olleros de Huarochirí.

En cambio, las chinganas tenían un carácter temporal, cuando había revueltas o similares. Se establecían a media cuadra y servían para que los soldados tuvieran donde tomar licor.

Una curiosidad es que algunas pulperías no pagaban impuestos. La Corona española consideró que así aseguraba una buena condición de vida de sus súbditos de ultramar.

Con la llegada de la República cambiaron las reglas hasta que se perdió el nombre de pulpería.

Las exclusividades de los gremios, herencia del Virreinato, se perdieron en la Constitución de 1860.

Sin embargo, el nombre estaba cayendo en desuso. Tanto que José Gálvez hizo notar a mediados del siglo XIX que las nuevas generaciones ya no lo empleaban.

Las pulperías existieron en todas las posesiones de España del Nuevo Mundo.

La presentación del libro de Arnaldo Mera será el  martes 30 a las 18:50 en la casona de San Marcos.

235 existían en Lima al final del período virreinal.

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