En confianza
“En el cine veía a las cantantes que hacían rancheras o a la ‘Tongolele’ bailando, y yo me decía que quería ser como ellas.”
–¿Qué condiciones había para los artistas de música andina cuando usted se inició?
–Me inicié a fines de 1959 en el Coliseo Nacional, y entonces no había la oportunidad de que cada artista organice su evento a lo grande, como ahora. Solamente nos llevábamos de los empresarios. Muchos decían que nos explotaban, pero para los artistas de mi época era una dicha y una satisfacción la de cantar para tanta gente provinciana.
–¿Y en qué consistía esa explotación?
–En que no nos pagaban. Nos daban una propinita y nos hacían cantar dos veces. Para entonces nos daban quince centavos.
–Su ascendencia japonesa, ¿qué representa para usted?
–Mi padre era japonés, yo fui hija de un romance suyo. Nada más. Mis padres nunca convivieron. Se conocieron en la hacienda Macas, en Trapiche. Mi madre tenía su fonda y mi papá era su cliente número uno, porque estaba enamorado de ella. Fui la última hija de ella. Tengo tres hermanos mayores de otro padre. Mi mamá se embarazó y, como no tenía quien la atendiera, se fue donde su mamá a darme a luz, con siete meses.
–¿Vivió su infancia sin su papá?
–Cuando tenía año y medio, mi mamá vino a Lima para buscarlo y hablarle de mí, pero lo encontró con otra pareja, y como las provincianas somos muy orgullosas, lo dejó. Ella no quería que lo conociera. Cuando era chica yo andaba con unas monjas y ellas me decían que le pidiera a mi mamá decirme la verdad. Un día se lo pedí. Me dijo que era un chino y que había muerto. Con esa idea viví hasta que un japonés amigo suyo que vendía pan le dijo dónde estaba yo.
–¿Cuándo lo conoció, usted ya se dedicaba al arte?
–Aún no, pero cantaba en el colegio. Acompañaba al padre en las misas, que eran en latín. Contestaba a lo que él decía, pero no entendía nada (ríe). Estudié poco. No terminé secundaria. Cuando su amigo le habló de mí, mi papá vino a preguntar y mi mamá le dijo que yo era su hija. Luego de un tiempo, ella se fue a la Sierra, así que viví con mi papá. Era muy recto, como buen japonés. No le gustaba que cantara. Esperaba a que saliera para agarrar la coronta de un choclo como un micrófono para cantar (ríe).
–Cuando fue a Japón en 1991, ¿sintió que estaba encontrando sus raíces?
–Fueron los días más bellos que pasé. Era puro llanto por la emoción. Me promocionaron a lo grande, como la mejor artista del Perú. Por momentos pensaba que se habían equivocado conmigo (ríe). Visite la tierra de mi papá, Fukuoka. Me esperaron en un colegio con bombos y platillos. Me temblaban las piernas. Ese colegio lo había fundado mi abuelo y había allí un monumento suyo.
–¿Cómo es que se dedica al canto?
–Tenía amistades que me hacían cantar a la criolla, sin notas ni nada. Cantaba rancheras, boleros y guapangos. Lo hacía bien. Me daba cuenta porque me aplaudían mucho (ríe).
–Fue un debut a lo grande.
–Lo hice con miedo. Ensayé casi dos años, y cada quince días, cuando el marco musical me llamaba, iba a aprender. Hice los trámites para la calificación como artista. Eran doce jurados. Presenté 16 canciones. Ellos escogían una o dos, pero tenía que ir con las 16 bien preparadas.
–Es distinto a lo que pasa ahora...
–Ahora graban disco tras disco porque les acomodan la voz, y con eso se creen artistas... Y a veces tienen éxito así y se llenan de plata. Nosotros no hicimos eso. Todos los artistas de esa época que fallecieron estaban en situación de pobreza.
–¿Y eso está cambiando?
–Ha cambiado bastante. ¡Antes qué íbamos a entrar a Palacio de Gobierno! Ahora sí. El Congreso también me dio un reconocimiento cuando cumplí 50 años de carrera artística.
–¿Por qué se le ocurrió llamarse ‘Princesita de Yungay’?
–Si no teníamos un seudónimo representativo de la provincia en la que uno nació, en el INC no te daban pases para actuar. Por eso hay tantas ‘princesas’ y ‘estrellas’.