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Irma, Elizabeth y Albina comparten, sin proponérselo, unmismo anhelo: todas ellas son una suerte de pinceladas idénticas sobre unlienzo común, pero por sobre todo personalizan fuerza infinita para afrontar lacrianza de un bebé que apenas llegó a sus brazos las puso de cara al gran retode abrazar la discapacidad y transformar esa mezcla de sentimientos en el másperfecto combustible para sacar adelante a sus pequeños.
Con ellas y otras madres compartimos una mañana soleada enla Clínica San Juan de Dios; especial para nosotros los visitantes, perocotidiana para cientos de niños y niñas que como parte de su diaria rutinaacuden a las que parecieran interminables terapias en busca de construir unahistoria que los convierta en seres con autonomía física, emocional paraintegrarse a la vida misma.
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Pero hoy vivimos una jornada especial con los niños Teletón,que realizaron un homenaje especial a sus progenitoras, el cual fue bautizadocomo “Mi experiencia artesanal”, organizado en conjunto con el Ministerio deComercio Exterior y Turismo (Mincetur), en el que crearon con sus propias manosun regalo artesanal muy especial, mezclando la cultura y tradición peruana,pintando retablos, vicuñas y aves tradicionales del Perú.
El objetivo de “Mi experiencia artesanal”, realizada en elauditorio de la Clínica San Juan de Dios, era que los niños Teletón crearan unpresente especial para sus mamás, el que no solo debía llevar el sello de sucreatividad, sino también el espíritu artístico y ancestral de nuestro país,por lo que también se contó con la presencia y guía de reconocidos artesanosnacionales, con los que los pequeños lograron verdaderas obras de arte ypresentes cargados de amor.
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Historias de vida
Así, en medio del alboroto propio de la actividad,detectamos a una madre. Tímida, pero con una dulzura en su mirada cuando vecómo su pequeño Fabián (de 4 años) toma entre sus manos un retablo enminiatura. Allí Irma olvida el sol que aún se resiste a irse y que calentó supiel todo el trayecto en transporte público desde El Agustino y hasta alistarel táper con alimentos que con paciencia le cocina a su pequeño para engañar elhambre.
“Me gusta verlo reír”, nos dice. Su rostro es joven aún,pero con las huellas de un sufrimiento que le apretó el alma y que casi le robala vida cuando trajo a este mundo a Fabián.
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“Me intoxiqué después de la cesárea y pasé por fiebres altasy momentos muy difíciles. Pedí a Dios que me diera fuerzas, tenía querecuperarme y salir de esto”, recuerda Irma como si fuera ayer.
Su mirada se extravía y en voz baja nos susurra cómo fue eldía que le entregaron a Fabián: “Lo veía y se me venía el mundo. No podíaaceptar… el mundo se me vino abajo”.
Sus ojos que hace instantes parecían saltar comienzan alucir vidriosos y un mar de emociones se verbalizan: “Estuve dos meses sinreaccionar, pero me dije ‘no puedo estar llorando’… y sí, fue muy duro para mí.Veía a mi hijo y a los tres meses tomé fuerza y yo misma entendí que esto nopodía seguir así”.
Ahora, elevando la voz, Irma rememora que se dijo a símisma: “Mi hijo tiene que caminar, mi hijo va a caminar”. Y así comenzó su peregrinaje por numerososhospitales y centros médicos en busca de la respuesta que halló seis mesesdespués en la Clínica San Juan de Dios.
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Ni la pandemia pudo con ella y hoy parecen un mal sueño losmomentos tristes, pero atesora las lecciones que la vida le dio. “Cuando lleguévi muchos casos más fuertes, vi niños que estaban peor que mi hijo”.
“Y me dije: ‘Si mi hijo puede sentarse y hablar, nosotrostenemos la esperanza de que va a caminar y lucharé por él’. Venía todos losdías, hasta que le pusieron su prótesis, y esa ha sido la mejor ayuda. Empezó ahablar y ya puede mover mejor su brazo, su manito, con más fuerza”, detalla conorgullo.
Ella no espera este domingo rosas ni chocolates; para ella,el mejor regalo que podría darle la vida es “verlo correr”.
Su rostro se entristece, pero saca fuerzas, y ante lainterrogante de que si tuviera que volver a vivirlo todo nuevamente señalasegura que sí.
“Volvería a vivir las cosas bonitas y también las malas…pero, como dice Diosito, a los niños que vienen con alguna discapacidad es aquienes les ponen una mamá valiente”, sostiene convencida.
Metros más allá, Elizabeth y Albina, quienes a simple vistano parecen tener mucho en común, felicitan a sus niñas Milagritos y Astrid, quea sus 10 y 8 años son el cascabel de la reunión por las buenas energías quecontagian y conmueven.
La parálisis cerebral que las atrapa no ha sido impedimentopara que con el soporte familiar y la tenacidad de sus madres se ponga demanifiesto en las incontables terapias que llevan a diario y que exhiben logroscomo si fueran auténticas medallas.
Astrid ya seencuentra, nos dice su joven y hermosa mamá, en las terapias con la letra L. Unavance que a sus cortos 8 años es celebrado por Albina que se muestra fuerte,quien confiesa que asimiló esta condición, pero “fue difícil” y hoy “sigoadelante; si me acuerdo todo lo que pasó, no avanzo. Como me dijo la psicóloga,tenemos que avanzar… Ella come sola, no usa pañal, camina agarrándose. Haavanzado muchísimo en su lenguaje y es que mi niña tiene mucha voluntad porquequiere recuperarse”, detalla orgullosa.
Albina, como todas las mamis ahí, suspira y confiesa que sialgo le pediría a la vida, aparte de la salud es que Astrid “camine y hable…que me diga mamá, te quiero mucho; mamá, vamos a seguir adelante”.
“Creo que si mi hija estuviera rehabilitada sería la mujermás feliz de la vida. Las cosas materiales se consiguen, tengo salud y vida”.
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Elizabeth tiene en Milagritos una pequeña que “nos cambió lavida a todos”. Con esta frase nos cuenta que este caminar “ha sido complicado,pero por la perseverancia de mi hijita, la constancia y los logros que hemosvisto tenemos fe en que va a salir adelante”.
Optimista y con una energía arrolladora, doña Milagrosrevela que su pequeña hoy en día y tras las intensas terapias que recibe en elhogar clínica “ella va al colegio; es, digamos, un poco independiente porquetambién va al baño sola. Siento que a ella solo le falta caminar”.
“Intelectualmente se está desarrollando bien y eso nosalegra como familia que está siempre detrás de su completa rehabilitación”, nosdice.
Si bien el objetivo hoy es verla caminar, Elizabeth nosconfiesa que tiene un sueño recurrente. “Muchas veces la he soñado caminarhacia mí diciendo: ¡Mami, yo sí puedo!”, frasea mientras unas lágrimas luchanpor no asomarse en sus ojos.
“Hoy es un sueño, pero sé que lo voy a lograr”.
Isidro en acción
Hablar con el hermano Isidro, rostro visible aquí en la clínica, puede resultar extenso y repleto de anécdotas. A pocos días de acercarse el Día de la Madre, quizá la efeméride más celebrada en el mundo, él recuerda entre las miles y miles de progenitoras que conoció –dentro de los pasillos y fuera de ellos– a una ancianita en extrema pobreza que buscaba ayuda.
Una peruana cuyo nombre hoy se pierde en su memoria, que a sus 72 años luchaba por rehabilitar a su nieto abandonado por una hija que no pudo abrazar la discapacidad de su pequeño y huyó dándole la espalda a la oportunidad de sacarlo adelante.
O a aquella madre que no pudo despedirse de su hijo, quien falleció en el Cusco en medio del internamiento. Un dolor que él recuerda hasta hoy “porque ella vivía muy lejos y no pudo llegar a tiempo”. Y así los casos se repiten y multiplican; pero para él cada caso es único y especial, y por ello seguirá sacando adelante a todos aquellos que busquen una oportunidad para ganarle a la vida.