Editorial
Al cierre del 2023, la producción cuprífera alcanzó los 2,755,066 millones de toneladas métricas finas (TMF), superando en 12.7% lo obtenido en el 2022 y consolidando al Perú como el segundo productor mundial, solamente superado por Chile.
En el mismo período, las exportaciones peruanas de cobre ascendieron a 23,345 millones de dólares, registrando un incremento de 17.6% en comparación con el 2022.
En la actualidad se registra un incremento en la cotización internacional de este mineral. De acuerdo con lo informado por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), al cierre del lunes pasado alcanzó un precio histórico de 492 centavos de dólar por libra.
Esta evolución positiva de los precios se explica, según el Gobierno peruano, por un exceso de demanda mundial por el mineral y una escasa producción. El incremento de la demanda se asocia a las mejores perspectivas de crecimiento económico y a una recuperación gradual de la actividad manufacturera global, impulsada principalmente por el avance de la transición tecnológica y energética hacia fuentes menos contaminantes.
Si el Perú es el segundo productor mundial de cobre y su cotización alcanza cotas históricas, es obvio que se abre un panorama favorable para nuestra economía, pues obtendremos más ingresos al exportarlo. En ese contexto, las empresas mineras tienen más ganancias y el Estado cobra más impuestos, lo cual contribuye a reducir el déficit fiscal y le permite invertir en áreas prioritarias, como educación, salud y seguridad.
Se estima que por cada 10 centavos de aumento en el precio promedio anual del mineral, la actividad económica tiende a aumentar en 0.1 puntos porcentuales. Asimismo, según el Gobierno, de producirse una subida de 10% en la cotización, el incremento en los ingresos fiscales sería en torno a 0.1% y 0.2% del producto bruto interno (PBI).
No es la primera vez que se presenta este escenario. Entre el 2002 y el 2011 los precios de los metales en los mercados internacionales experimentaron un incremento notable, especialmente el cobre, que tuvo una expansión de 452%, según el exministro de Economía Waldo Mendoza.
No obstante, el Perú no supo capitalizar esa bonanza en mejoras substanciales que traigan progreso con bases sólidas ni logró avances significativos en sectores sociales con problemas estructurales como educación o salud. La pandemia del covid-19 nos enrostró que aun cuando el precio de los metales trepe hasta la estratósfera, de nada servirá si no actuamos con responsabilidad y, sobre todo, con criterio y sabiduría.
¿Ocurrirá lo mismo con este nuevo ciclo de precios altos del cobre y de otros metales? ¿Será una nueva “prosperidad falaz” similar a la del guano en el siglo XIX? Dependerá de lo que hagan nuestras autoridades y clase dirigente. Ojalá actúen con sabiduría y colocando en el centro de todo al Perú.