Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Los enfoques conceptuales varían. Para una posición, la deficiencia orgánica o mental es una condición que limita las actividades; sin embargo, quien discapacita realmente sería el sistema social al no incorporar mecanismos que permitan una respuesta que facilite la vida y permita el desarrollo de las personas. Bajo el supuesto indiscutible y contemporáneo de los derechos humanos, todos los individuos deben tener escenarios favorables para su desarrollo. Por lo tanto, corresponde a las organizaciones, además de los órganos gubernamentales, construir una zona de permanente sensibilidad social y una serie de acciones específicas, concretas, reales, indispensables.
Es desde ese horizonte que se despliegan posibles políticas institucionales. Consideremos que hay diversos niveles de madurez en las organizaciones educativas al asumir de que las personas, todas y sin distingo, tienen derechos esenciales. Sin embargo, una cosa es la declaración teórica y otra el despliegue de ello en iniciativas definidas. Puede existir la buena voluntad en esgrimir afirmaciones inclusivas, pero la concreción de ellas no va a la velocidad que se requiere para dejar de perder talento por una ceguera en los criterios y la urgencia social evidente.
Entonces, el diagnóstico inmediato respecto a qué hacen las universidades peruanas lo vemos a diario en el campus respectivo. ¿Tiene rampas de acceso pertinentes? ¿Su infraestructura está pensada también para perfiles diversos? ¿Poseen catálogos y sistemas de información correspondientes a la necesidad? ¿Sus exámenes de admisión tienen diseños con características adecuadas? ¿Su ecosistema de enseñanza-aprendizaje está validado y acreditado para estudiantes que tienen esas condiciones? ¿Hay protocolos sistematizados, planificados que se activan en el aula ante estas situaciones? La respuesta a estas interrogantes nos dará información suficiente e inicial para saber cuánto ha avanzado la universidad.
Cuando hablamos de educación inclusiva hay que referirnos también a esta población numerosa y lamentablemente desatendida. Si realmente creemos en la educación como un extraordinario evento para transformar vidas, asumamos que debemos incluir a este sector brillante, entusiasta, cuyo aporte al país es necesario. Se trata de dar oportunidades, de crearlas, de construirlas, de ir más allá del anhelo, un poco más allá que el amable deseo, de integrar con decisión, firmeza y profesionalismo a nuestros compatriotas.