Opinión
Profesor de Economía de la Universidad del Pacífico
En el primer caso, tras el retorno de la inflación a niveles normales, a mediados de septiembre, el Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) decidió reducir su tasa de interés de los fondos federales en medio punto porcentual, bajándola del rango de 5.25-5.50% al rango de 4.75-5.0%. Esta decisión marca el inicio de un esperado proceso de reducción de tasas, posicionando a la economía estadounidense hacia un ciclo expansivo más duradero.
En cuanto a China, en las últimas semanas se han implementado medidas audaces para abordar una situación completamente diferente. Las autoridades han reducido las tasas de interés controladas por el Estado e inyectado liquidez al sistema financiero y a los gobiernos locales. En gran parte, estas medidas están enfocadas en rescatar al sector inmobiliario de la precaria situación que atraviesa y, de este modo, revitalizar la demanda interna en un contexto de baja inflación. Esta situación ha empeorado desde que China abandonó las estrictas restricciones de su política de cero covid.
Combinadas, ambas políticas constituyen un viento a favor para el ciclo económico global. Si se implementan correctamente y sin eventos disruptivos adicionales, podrían equilibrar el crecimiento de la demanda interna con el de la oferta a largo plazo, lo que sería el mejor de los escenarios. Sin embargo, existe el riesgo de que estos impulsos no logren estabilizar completamente a estas economías, lo que, en el mejor de los casos, llevaría a una recalibración de las políticas económicas.
Si las medidas adoptadas son efectivas, estaríamos entrando en una fase que no hemos vivido desde la pandemia de la covid-19: un período caracterizado por un crecimiento e inflación relativamente estables y normales. Estas buenas noticias merecen ser difundidas más rápidamente.