Opinión

Periodista
fgutierrez@editoraperu.com.pe
Hace 7 días, en este espacio, aludíamos a lo paradójico que resulta que, mientras el rock hecho en el Perú continúa siendo ignorado en los medios de difusión se publiquen casi simultáneamente varios libros con investigaciones sobre el tema. A esa situación hay que sumar la realización del Primer Congreso Internacional de Estudios de Rock Peruano, entre el 5 y el 6 de diciembre en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.
Este supone el más notorio acercamiento del sector académico a una manifestación de la cultura popular con más de seis décadas de presencia en el país. Me toca (y agradezco) ser moderador de una de las mesas de un encuentro que merece saludo, pero también reflexión.
Incluso en sus momentos aurorales y cuando estaba lejos de verse influenciado o de influenciar en distintas corrientes de pensamiento, el rock estuvo vinculado con los entornos en los que ha florecido. En el Perú ha reflejado en varios de los episodios de su historia la fragmentación social que nos aqueja. Ello ha permitido que su ejercicio y desarrollo no se circunscriba a un solo estrato social ni a los centros urbanos con más dinamismo económico.
Una antología imparcial que considere a los principales representantes del género dará cuenta de ello, y puede dar pie para analizar, vía tesis, papers y textos indexados, cuáles han sido las circunstancias que han permitido a un fenómeno musical gestado allende nuestras fronteras acompañar la búsqueda de identidad de vastos sectores de la juventud local.
Pero el rock también tuvo en sus inicios un cariz lúdico y catártico que luego se vio equilibrado con la adopción de discursos contestatarios. Estos siempre han privilegiado el pensamiento libre y promovido un anárquico escepticismo frente a la autoridad.
Esa libertad antidogmática explica la gran cantidad de matices estéticos y subgéneros que se han gestado a su vera. Y si bien desde los años 60 el rock trazó una alianza con los intelectuales, la eclosión del punk y el metal lo alejó de los cenáculos y lo devolvió a las calles; muchas veces enseñando el dedo medio a quienes se acercaban a él con afán entomológico antes que como público cautivo.
De allí que quienes crecimos arrullados por expresiones sonoras de ese tipo tendamos a ver con desconfianza que se busque intelectualizar aquello que alimentó nuestro espíritu.
Las interpretaciones antojadizas y la manipulación de índole política en las que han concluido varios de dichos ejercicios nos han inyectado ingentes dosis de desencanto. Pero a la vez,así suene a paradoja,creemos que resulta necesario hacerlos, siempre y cuando se considere a la música como variable ineludible por analizar.