Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Esa posición tan lúcida de evitar el allanamiento del pensar y de no ser, como muchos seudofilósofos, tan solo una extensión más de algún famoso pensador es lo que hace de Zulen, al refutar esa compulsión, un intelectual libre, autónomo, creativo y liberado de las ataduras de seguir, como un discípulo sumiso, a algún erudito de moda. En pocas palabras, es un ejemplo de que filosofar no tiene que ver con ser experto en una de las materias o categorías difundidas por un promocionado intelectual, sino más bien, impugnar y deliberar si esas interpretaciones alcanzan para comprender mejor el mundo. Nada es más antifilosófico que la claudicación de debatir y discutir las ideas.
Este 2025 es el centenario de su muerte y hay que revisar los alcances de una vida intensa, consagrada a la construcción de un país mejor y para todos, con justicia permanente y sin coerciones. Un sueño que avanzó más allá de la especulación teórica, en la que fue uno de los más brillantes y agudos filósofos peruanos, sino en su práctica cotidiana, en su constante preocupación por hacer más equitativas las cosas. Nos dio una lección de valentía y entereza imborrable desde el enfoque de un sino-peruano, un extraordinario tusán, que reconoce la tradición milenaria china como parte de esa peruanidad naciente y enriquecida, realmente abierta, moral y socialmente, a concebir a las personas como tales, en la que su condición y existencia ya eran suficientes para reconocerlos como pares. Zulen nos ha dado más de cien años de reconocimiento y perseverancia, para quienes, como él, quisieron hacer del Perú un lugar para vivir.