Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
No calza la inmensa cantidad con las horas que tiene cada día. Es matemáticamente imposible una producción de esa magnitud y en temas tan diversos. Pero a pocos les importa. Solo debe interesar el número final, la cantidad solicitada que se requiere para mejorar las posiciones en los rankings globales.
Como las barreras de control ético en las universidades tiende a la inexistencia, o, con serias fallas de seguridad sobre el proceso mismo de producción del conocimiento, varios de estos rankeados investigadores han logrado éxito económico, ya que cobran a la institución, mejor dicho, a las instituciones, que pagan más por incluir su nombre de la cual supuestamente proceden estas investigaciones. Hay artículos de pocas páginas acompañadas de una larga lista de estos señores que han pasado por caja con una velocidad cuántica. Suelen ser los mismos. El patrón de comportamiento de sus picardías se conoce. Ya se ha denunciado esta estratagema, pero no se ha hecho nada para detenerlo. Es decir, a pesar de varios esfuerzos individuales y de algunas universidades que afinaron sus protocolos de validación ética, continúa la avalancha de este espejismo de nuestro saber nacional.
Pero el asunto alarmante está en esa equiparación cada vez más creciente en la que el productor fabril se acredita como un gran científico a cambio de quienes investigan mucho menos, pero con una calidad diferenciadora. Aquellos que se toman el tiempo suficiente para sopesar su aporte cada vez son menos. Muchos han sido tentados por el financiamiento a mansalva a cambio de su producción masiva y sin tapujos. Y lo más grave es que ya no se trata de crear conocimiento para ampliar el bien de la humanidad, sino es una meta estrictamente personal y mercantil. Así, el conocimiento queda subordinado a las metas comerciales. Y todos perdemos. Principalmente el país, porque se autoengaña. Han pasado ya varios años de esta modalidad sin escrúpulos y el ardid permanece más perfeccionado.
Por ello, por más que insistamos en la autorregulación de la propia comunidad científica, esta no ha estado acompañada de respuestas suficientes de las autoridades para detener esta treta.