Recientemente, he realizado un recorrido por ciudades y playas del norte del país, desde Ancón hasta Máncora. En este viaje, visité a familiares en Piura, disfruté de paisajes y del mar, saboreé de la exquisita gastronomía y me sumergí en la cultura local. Sin embargo, mi periplo se ensombreció al enterarme que el algarrobo, uno de los emblemas de Piura, está enfrentando serias amenazas debido a la tala indiscriminada para obtener madera y expandir tierras agrícolas.
El algarrobo crece esencialmente en los bosques secos de los departamentos de Tumbes, Piura, Lambayeque y La Libertad, que cuentan con una extensión, de acuerdo con el Mapa Nacional de Ecosistemas, de 3.4 millones de hectáreas, lo que representa el 3% de la superficie del territorio de la costa norte.
Un reportaje de Infobae, que toma como fuente al Servicio Forestal de Piura, estima que la deforestación descontrolada reduce anualmente unas 17,000 hectáreas del bosque seco, mientras que la reforestación no llega ni a las 1,000 hectáreas por año, colocándolo como la especie más vulnerable de la región.
El algarrobo puede alcanzar más de diez metros de altura y sus ramas formar inmensas copas. Su fruto, la algarroba, se utiliza para preparar la apreciada algarrobina. Sus troncos, talados ilegalmente, son convertidos en leña que se vende a pollerías y restaurantes de parrillas.
En respuesta a esta crisis, en junio del año pasado, la presidenta de la República promulgó la Ley 32071, que declara de interés nacional la investigación, protección, conservación, recuperación y aprovechamiento sostenible de las especies de algarrobo, con el fin de detener la depredación y promover la recuperación de estos árboles emblemáticos, y así garantizar que el algarrobo no se convierta en un recuerdo del pasado.
La ley ordena a los ministerios de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri) y del Ambiente (Minam), y a otras entidades, entre ellas Serfor, realizar un diagnóstico del estado situacional de las especies de algarrobo, elaborar un inventario de bosques secos afectados por la mortandad y la depredación, y crear planes específicos para impulsar la investigación, conservación y aprovechamiento de estas especies.
La depredación del algarrobo es un problema que trasciende la mera tala de árboles; es un reflejo de la lucha entre el desarrollo económico y la conservación ambiental. A medida que la presión sobre los recursos naturales continúa creciendo, es fundamental que la sociedad civil, las autoridades y las comunidades locales trabajen juntas para proteger este emblemático árbol y asegurar un futuro sostenible.
Proteger al algarrobo no solo significa salvaguardar un símbolo cultural, sino también preservar la riqueza natural y la diversidad de un ecosistema que sustenta a muchas comunidades en el norte del Perú, y es un símbolo de identificación de las familias piuranas que crecieron bajo el cobijo de ese árbol milenario.