Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Sin embargo, ello no ha sucedido. Aunque se han dado mejoras para el reconocimiento de que somos iguales y libres, la aparición de un mecanismo de aprendizaje inmenso y que evoluciona a velocidades sin precedentes como lo es la inteligencia artificial (IA) pone en debate las razones por las cuales se define la humanidad como tal. Por un lado, con el enfoque transhumanista, la aparición de este crucial dispositivo tecnológico es consecuencia lógica y necesaria de las marchas urgentes para incorporar componentes no humanos que más bien nos lleven exponencialmente a otro nivel. Es decir, la humanidad, desde esta perspectiva teórica tan difundida, es simplemente una etapa transicional a una suerte de ente superior evolucionado en la que la fórmula de humanidad-tecnología es la deseada. Se elimina la imperfección humana con una incorporación nuclear y definitiva de la IA, al punto de desplazar el control de las acciones futuras de las condiciones erráticas de la naturaleza de los humanos para que sean asumidas por ese nuevo mestizaje.
Para otra posición, totalmente contraria, la tesis del transhumanismo, que acoge la versión de la IA como la mejor oportunidad de giro existencial, es una perspectiva profundamente antihumanista, ya que asumen que los seres humanos no son la última etapa de la evolución, por lo tanto, son solo una precaria fase que hay que superar lo más pronto posible. Por lo tanto, cualquier proyecto que haya admitido esencialmente que los seres humanos son objetivos en sí mismos, quedaría a un lado y serían descolocados de su propia teleología. En pocas palabras, excluidos de la propia razón de su existencia. En ese sentido, los humanistas recalcan el oscuro peligro que entraña la aceptación de que hubiera un estado superior de la vida empujado por los artilugios de alta y compleja tecnología como pasos inevitables. Estos elaborados artificios, además, estarían controlados exclusivamente por una élite, una tecnocracia global, que modelaría el futuro a su imagen y semejanza, en las cuales la mayoría de la población no encajaría. Así, la humanidad fusionada a la IA, como parte de una porosa estrategia de mejora, más bien es el signo claro de su inminente disolución.