Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
También nos llegan libros que no necesariamente hemos solicitado. Si es un regalo, hay una obligación moral para revisarlo. No obstante, obsequiar libros es ya una singularidad, una extrañeza que es grato valorar. Quien te proporciona un libro te da una ofrenda, un gesto de amor, una posibilidad de un mundo a ser descubierto. Y el lazo se establece porque ha sido minuciosamente escogido para nosotros. Con la paciencia de quien quiere darnos un afectuoso y profundo homenaje. Además, porque nos conocen y han procurado proporcionarnos algo de nosotros mismos. Nos vemos a la vez descubiertos. Aunque hay también individuos que tienen libros como parte de una escenografía vanidosa y los tienen arrinconados, es decir, condenados como cualquier artefacto.
Hay libros que se leen una sola vez y es suficiente. En ocasiones de manera meramente operativa, como una acción logística; otras se deja el texto a medio revisar porque se nos va cayendo de las manos, cualquier avance de la lectura sería una concesión que no estamos dispuestos a conceder. Hay libros que más parecen una trampa, un ardid, un largo e inmenso bostezo que tampoco concedemos ni siquiera por caridad cultural. La persuasión extremada de la maquinaria publicitaria no ha hecho mella en nuestra benevolencia. Hemos resistido al avasallamiento de las grandes industrias editoriales y, de ese modo, aprendemos también a elegir. Nuestro tiempo se torna valioso en tanto vamos eligiendo cada vez con sabiduría.
A veces también adquirimos libros con la esperanza de leerlos algún día, con un optimismo exacerbado por las circunstancias, fascinados por un futuro posible, en que tendremos el tiempo suficiente para sentarnos a revisarlo con idílica calma, con una fe en que habrá el momento adecuado para establecer un vínculo absoluto. Sin embargo, los días se convierten en semanas, estas en meses, luego son años y el libro sigue a la espera de ser descubierto. Tal vez una ojeada súbita, breve, vertiginosa, nos consuela transitoriamente y renueva vanamente la ilusión de que ese día llegará, de que el porvenir será excelso y suficiente para terminar de leer ese libro que se ha convertido cada vez más en un recordatorio de lo que no terminamos.