• MIÉRCOLES 29
  • de abril de 2026

Opinión

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Neurociencia

¿Por qué el cerebro se engancha a las drogas?


Editor
Milton J. Rojas V.

Coordinador de Salud Mental de CEDRO


Las neuronas espejo permiten aprender por observación e imitación. Son esenciales en la socialización, pero también pueden facilitar conductas de riesgo. Si un niño crece en un entorno donde el consumo de sustancias es habitual, su cerebro lo interioriza como normal y, con el tiempo, puede repetirlo.

El aprendizaje vicario, según Albert Bandura, explica que no es necesario probar algo para aprenderlo; basta con observar a otros. Si el entorno refuerza el consumo –ya sea por aceptación social o por falta de consecuencias visibles– el cerebro lo asimila como un comportamiento natural. Las redes sociales amplifican este fenómeno, al exponer a niños y adolescentes a modelos de consumo sin restricciones.

Pero no solo es lo que vemos, sino también lo que nuestro cerebro refuerza. El circuito dopaminérgico, clave en el sistema de recompensa, refuerza conductas placenteras. Videojuegos, redes sociales o sustancias activan la dopamina, generando gratificación inmediata. Mientras más temprano ocurre esta estimulación, mayor será la tendencia a la impulsividad y la búsqueda compulsiva de placer.

Aquí entra en juego un factor clave: la vulnerabilidad genética. Si bien ciertos rasgos heredados pueden aumentar el riesgo de adicción, la genética no es un destino. Los genes asociados con la impulsividad o la menor regulación emocional se activan o refuerzan según el entorno. Una predisposición genética no garantiza una adicción, pero combinada con un ambiente que expone a estímulos dopaminérgicos desde la infancia, incrementa el riesgo.

Este engranaje cerebral también moldea la personalidad. Los cinco grandes rasgos –neuroticismo, extraversión, apertura a la experiencia, amabilidad y responsabilidad– se desarrollan con el entorno. Un niño expuesto a modelos de consumo problemático puede volverse más impulsivo y con menor control emocional. Por el contrario, modelos saludables fortalecen la autorregulación y resiliencia, reduciendo la vulnerabilidad ante las adicciones.

En este contexto, la inteligencia artificial (IA) se perfila como una herramienta de prevención. Modelos predictivos pueden identificar patrones de riesgo, y la realidad virtual puede simular situaciones para entrenar la toma de decisiones sin exposición real. No se trata solo de decir “no consumas”, sino también de generar estrategias que reprogramen el aprendizaje social y refuercen circuitos cerebrales saludables.

El consumo de sustancias no es una decisión aislada, sino el resultado de un cerebro moldeado por la observación, el refuerzo, la genética y el entorno. Si queremos reducir el consumo temprano, debemos modificar los modelos que promovemos, regular los estímulos dopaminérgicos y entender que la prevención comienza en casa, en la escuela y en lo digital, mucho antes del primer contacto con una sustancia.