• MIÉRCOLES 11
  • de marzo de 2026

Opinión

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Reflexiones

La guitarra de mi tía


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Un día, uno de mis primos –no recuerdo si mi prima o su hermano– logró sacar, a tanta insistencia, unas notas reconocibles. Tun, tun, tun… Algo empezaba a tener sentido. Aprendimos a tocar la entrada de ‘Smoke on the Water’, de la banda británica Deep Purple.

El rock no cautivaba a mi familia; de hecho, lo censuraban. Esa desaprobación nos llevaba a aumentar el ingenio para descubrir las bandas y los temas que surgían, sobre todo porque en esa época apenas dos o tres estaciones de radio difundían canciones de bulliciosos vocalistas y guitarras estridentes. Recuerdo que recién en 1978 se emitió Disco Club, de Gerardo Manuel, el primer programa de televisión dedicado a la difusión de videoclips de música en inglés.

Tun, tun, tun… Comenzábamos a balbucear nuestras primeras notas en la guitarra que colgaba en la pared del comedor. Deep Purple se inspiró en el incendio que el 4 de diciembre de 1971 destruyó el casino de Montreux, Suiza, para crear ‘Smoke on the water’. La banda observó la devastación desde su habitación de hotel, frente al lago Ginebra, en cuyas aguas se reflejaba el humo del fuego, y lanzó su protesta: “Were at the best place around (Estamos en el mejor lugar de la zona) / But some stupid with a flare gun (Pero un estúpido con una pistola de bengalas) / Burned the place to the ground” (Quemó el lugar hasta los cimientos)”.

El rock es un poderoso catalizador de libertad, cuya esencia no ha podido ser disuelta ni siquiera por las dictaduras. Fue el caso del régimen soviético, que el 29 de marzo de 1986 debió legalizar la venta de discos de The Beatles. El Kremlin fue vencido por el espíritu rebelde del rock y su mensaje de resistencia.

Tun, tun, tun… Nuestro primer hito musical, tristemente, fue el último. Poco después, alguien –no sé quién, aunque sospecho del abuelo– colgó la guitarra más alto, lo suficiente para que no pudiéramos alcanzarla. No bastaba con alejarnos de ella para evitar convertirnos en vagos; ahora también temían que nos volviéramos algo peor: rockeros, seguidores de un género que consideraban infernal.

Y así quedó la guitarra, muda e intocable, hasta que el abuelo murió. Luego, desapareció. Nunca supe a dónde fue. Quizá el que se la llevó siguió sin conversar con ella. Pero así haya quedado en silencio, su eco resuena en el corazón de quienes aún creemos en el poder transformador de la música.