Opinión
Periodista
Sin embargo, su padre le pidió que se la cediera a un estudiante varón. Nacida en 1920 en Inglaterra, Franklin decidió seguir adelante graduándose en ciencias naturales. Después, obtuvo un doctorado en química en la misma universidad.
Franklin acertó al desoír a su padre, ya que sus estudios le permitieron obtener, en 1952, las imágenes más nítidas de la estructura del ADN, descubriendo que esta molécula, fundamental para la información genética de todos los organismos vivos, tenía forma de doble hélice. Lamentablemente, falleció de cáncer el 16 de abril de 1958, con solo 38 años.
Sus investigaciones fueron clave para que James Watson y Francis Crick propusieran en 1953 el modelo de la doble hélice del ADN y ganaran el Premio Nobel de Medicina.
Sin embargo, ella no fue incluida en el galardón y ni siquiera fue mencionada como precursora del descubrimiento.
Rosalind Franklin asistió a la universidad desafiando la opinión de su padre, que, paradójicamente, era científico; su trabajo no fue reconocido por sus colegas, incluso después de su muerte, y en Cambridge se le prohibió el ingreso a la sala de profesores para tomar café, simplemente por ser mujer.
Su historia es un reflejo de cómo la ciencia ha silenciado o minimizado la participación femenina, aun cuando sus aportes hayan sido decisivos.
En 1903, Marie Curie fue la primera mujer en ganar un Premio Nobel en ciencias. Desde entonces, solo cuatro científicas han sido premiadas en física en comparación con 217 varones, y en medicina son once mujeres frente a 219 varones.
Muchas físicas, químicas, matemáticas, biólogas y otras profesionales en ciencias han caído en el olvido, y sus logros ni siquiera se mencionan en los libros escolares.
Hoy en día, las carreras científicas continúan siendo mayoritariamente masculinas. Según el Instituto de Estadísticas de la Unesco (UIS), las mujeres son menos del 30% de los investigadores en ciencias naturales y exactas en el mundo.
Esta entidad también da cuenta que las mujeres en Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática (STEM) publican menos estudios, reciben menos remuneración y tienen menos oportunidades de avanzar en sus carreras.
Es esencial identificar los factores que las disuaden a seguir carreras en STEM. No podemos limitarnos a argumentar de que no pueden desempeñarse en ciencias exactas por razones biológicas.
Usar la composición biológica de las mujeres como justificación para negarles el acceso a ciertas ramas del conocimiento es disfrazar la exclusión como precaución. Y es ignorar el hecho evidente: las mujeres han estado en la ciencia desde siempre, aunque la historia haya querido borrarlas o convertirlas en notas al pie de página.
La ciencia necesita de ellas no solo por cumplir cuotas, sino porque al marginar a la mitad de la población, también limitamos las preguntas y soluciones que podemos plantear para el avance del país.