Opinión

Periodista
ccapunay@editoraperu.com.pe
Su deterioro cognitivo se intensifica. Casi no reconoce mi rostro. A menudo me confunde con otras personas o me mira fijamente entrecerrando los ojos como tratando de hallarme en sus recuerdos, un intento vano por hacer más precisa su vidriosa mirada. A diario, anuncia su inminente viaje a una ciudad donde dice vivir, a una casa que solo existe en sus recuerdos fragmentados. Lo repite incansablemente, como repite cada palabra que dijo hace un minuto porque olvidó haberlas dicho. Cuando intenta leer un periódico, nunca pasa la página, porque al llegar al final, ya ha olvidado que lo comenzó, y entonces lo inicia de nuevo. Tal vez pronto me olvidará por completo. Ya casi soy el olvido que seré.
Llora mucho por la reciente partida de M, su compañero de toda la vida. Él no se ha difuminado todavía, pese al avance de la enfermedad. Está atrincherado en algún rincón cálido de esa memoria perforada y de ese corazón herido. Ella quiere que vuelva, piensa que está por llegar a casa.
“¿Dónde está? ¿Por qué todavía no viene?”, me preguntó el otro día, confundida, creyendo estar ante una ausencia momentánea. “Ya no está. Él descansa y te espera, nos espera a todos”, le dije con un nudo en la garganta y tratando de creer en mis propias palabras.
Estar con N, comprenderla y cuidarla, puede resultar todo un desafío y una lección de paciencia. Pero su presente es parte integral de una larga y hermosa vida ahora en su epílogo. No siempre estuvo tan frágil. Fue una mujer de carácter, aunque en esencia jovial, protectora, solidaria, fiel a sus creencias, una persona que se ganó el cariño de muchos. Un refugio de calidez en medio de las tormentas. Nunca la escuché dedicarle palabras impropias a alguien, ni percibí en ella encono o resentimiento contra nadie. Su generoso corazón no conoció el rencor.
Cada momento junto a ella, aunque marcado por la confusión y el olvido, es un recordatorio de lo efímero del tiempo, de la fragilidad de la vida y de lo valioso de cada instante compartido.
“Ya es muy tarde para que te vayas. Mejor quédate a dormir, y si quieres, duerme en mi cama”, me dijo el otro día. Querida N, el tiempo no te borra, solo te transforma.
Todo lo bueno, todo lo valioso, todo lo que puedo atesorar en mi corazón viene de N.