Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Es que muchas veces asumimos que los problemas no nos tocarán y que les sucede a otros, pero a nosotros no. Hay una sensación de lejanía y de que es ajeno mientras no nos atañe. Ello también genera una desvinculación al punto que puede parecer no importarnos. El mundo puede hundirse alrededor; sin embargo, creemos que son todos los demás quienes sufren o son los únicos afligidos.
Así sucede cuando creemos que una enfermedad no nos afectará y seguimos sin los cuidados correspondientes. La prevención está ausente y es una deficiencia organizacional generalizada. De ese modo, con desorden falsamente dichoso, no nos hacemos las pruebas o los exámenes que vigilen y avisen con tiempo suficiente para que una patología no se vuelva grave e irreversible. Aparecen los primeros síntomas y muchos, a pesar de que corresponde la revisión, se resisten a evaluarse porque lo asumen como irrelevante, engullidos por el día a día, no le dan la importancia debida. Hasta que ya es demasiado tarde. Y ya no hay nada que hacer. Lo que ilusamente asumíamos que jamás nos pasaría, pasa. Y nos preguntamos por qué a nosotros.
Esa impresión de distancia y separación respecto a eventos que suponemos, sin razones validadas, que jamás nos afectará, crea una atmósfera de falsa y muy engañosa seguridad. Como si fuéramos absolutamente inmunes a que las cosas malas les suceden a los demás, menos a nosotros. Desde esa burbuja psicológica y social, fabricada sobre premisas endebles y aparentes, contemplamos las adversidades de los demás con desazón y apartados lo más que podamos. Con nosotros no es, repetimos internamente buscando un refuerzo mental que autorice esa posición de desapego.
Así hemos ido apartándonos de todo aquello que se desmoronaba en torno a nosotros. Con una neutralidad cívica desoladora para cualquier estándar de convivencia sana. Y hemos tristemente repetido como letanía: si no es nuestro distrito, no importa. Si no es nuestro barrio, no importa. Si no es nuestro colegio o universidad, no importa. Si no es nuestro círculo de amigos, no importa. El desapego y el interés convertidos en estrategia de supervivencia, pero también de disolución de ciudadanía. Ya no se piensa en el otro como un prójimo, sino como un competidor o, aún más duro, como un extraño cuya vida ni siquiera debe importarnos. Claro, hasta que las campanas doblan y suenan ruidosamente, cuando ya, inevitablemente, vienen por nosotros.