Opinión
Magíster en Ciencias Políticas. Presidente de la Asociación Peruana de Consultores en Comunicación Política
Como ya se va volviendo costumbre en las elecciones, durante los últimos cinco años, la “noticia” principal es el “yerro” de las encuestas, que parece ya no son capaces de predecir el resultado electoral, ni siquiera cuando se realizan los días previos o inmediatamente concluida la elección. Hay, sin duda, una crisis profunda en la investigación electoral, que deberá ser debatida en los ámbitos que correspondan, para encontrar respuestas a este tema tan importante. Pero no es este el motivo de este artículo, así que ahí lo dejo y paso a la “autopsia” del fenómeno que ya aconteció.
En primer lugar, debemos descartar el fraude denunciado de manera imprudente y atolondrada por la candidata perdedora. A diferencia de las “elecciones” venezolanas pasadas, en Ecuador hubo una nutrida e imparcial observación electoral y la plena libertad para que la organización política de Luisa González tuviera delegados en cada una de las mesas durante el escrutinio. Ya la Misión de Observación Electoral de la OEA y la Misión Electoral de la Unión Europea hicieron saber su conformidad con los resultados emitidos por el CNE y por supuesto que si hubiera habido algún tipo de manipulación dolosa en el ámbito de la sumatoria de los votos, ya Alianza País habría salido a demostrar, actas en mano, las inconsistencias. Más de un millón de votos de diferencia son prácticamente imposible de falsificar.
Queda claramente establecido que la mayoría de los votos que logró cosechar el reelecto presidente Noboa no son precisamente de adhesión a sus políticas y, vistas las pobres cifras que marca, tampoco de aprobación a su corta gestión transitoria al mando del Estado. El voto fue mayoritariamente en contra de Luisa González, por su declarada representación de Rafael Correa. Vistos los resultados, queda comprobado que un grueso error estratégico de la campaña de Luisa fue no haberse desprendido del estigma correísta y, por el contrario, haber alentado la presencia protagónica del expresidente. El cherry en la torta fue la declaración del excanciller de Correa Ricardo Patiño, que anunció, días antes de la elección, que si ganaba González, Rafael Correa retornaría de inmediato y que todos los correístas presos o procesados recobrarían de inmediato su libertad o sus supuestos derechos conculcados. El anticorreísmo demostró que es la pulsión política más vigorosa todavía hoy en el Ecuador.
Un acierto estratégico fundamental de la campaña de Noboa fue posicionarlo como “lo nuevo”, en contraposición al “retorno al pasado” que representaba Luisa González. Noboa se alejó completamente de lo que representaban ante los electores los gobiernos de Lenín Moreno y Guillermo Lasso, mientras que González no quiso o no pudo desprenderse del estigma de la vuelta atrás. Los errores cometidos por el presidente durante la crisis de los “apagones” en los últimos meses del 2024, que parecía habían sepultado sus aspiraciones de reelección, no fueron aprovechados por la campaña de Luisa González, que todo el tiempo apostó por temas donde Noboa pudo salir airoso, como el de la seguridad.
Para nadie es un secreto que los ecuatorianos están atravesando por uno de los períodos más difíciles de su historia, debido al incremento de la criminalidad, el narcotráfico, los secuestros, asaltos y demás componentes de la violencia organizada. Daniel Noboa supo proyectar ante la sociedad una imagen de firmeza y decisión que, por lo visto, fue más fuerte que las denuncias a las violaciones a la ley y a los derechos humanos en las que se concentró su rival en la campaña. De alguna manera, Noboa, en sus cortos meses de gobierno, consiguió que algunos sectores de la población confíen en su estrategia para devolverle la tranquilidad y la paz a los ecuatorianos. Fueron probablemente estos ciudadanos los que se volcaron masivamente a las urnas en la segunda vuelta, incrementando la participación hasta niveles inéditos en el Ecuador.
Una vez más asistimos a la materialización de un resultado muy sorpresivo en unas elecciones latinoamericanas. Habrá que estudiar mucho más por qué es ahora tan difícil indagar en las preferencias de la gente, sobre todo de los jóvenes que se están incorporando a la ciudadanía.
Es un desafío académico y profesional para la comunicación política revisar lo que creíamos inmutable, los principios y las maneras que deben guiar la estrategia de las campañas, en un mundo pospandemia, donde la civilización del espectáculo es la que predomina y donde debemos aprender a movernos en medio de las noticias falsas, la manipulación de la big data y la irrupción arrolladora de la inteligencia artificial.