Opinión
Periodista
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Frente a tan desolador panorama, la comida y el cine se convertían en oportunos refugios. Manteniendo la tradición católica familiar, todos los días degustábamos comida marina preparada por las hábiles manos de mi madre: ceviche, causa rellena con atún, sopa chilcano, un escabeche poderoso o un gran trozo de pescado frito con arroz –mi plato favorito y creo que el más simple de todos– dibujaban en mi rostro una sonrisa. Por lo general, el Jueves Santo mi padre me llevaba a algún cine de barrio, de esos que entonces abundaban en Breña, para ver Los diez mandamientos’ o Ben-Hur, reestrenadas religiosamente en esa época del año. Debo haber visto en pantalla grande más de 8 veces cada una, sin cansarme nunca, animado por la compañía de mi papá y la ‘canchita’ de rigor; alimento “tan sano como nutritivo”, según la frase escrita en la bolsa en la que nos la vendían.
De vuelta a casa, al caer la tarde, agarraba el libro de Historia Sagrada, de la editorial FTD, que mi padre desempolvaba durante Semana Santa. Los ágiles textos y las llamativas ilustraciones de ese ya para entonces desvencijado tomo (una foto a toda página saludando el triunfo del “generalísimo” Franco en España denotaba su antigüedad) explicaban por qué mi papá prefería su lectura antes que la de la Biblia. Caída la noche, el silencio sepulcral de las calles lo atenuábamos viendo en alguno de los cinco canales de televisión entonces existentes, una de las tantas películas sobre la vida de Jesucristo. Despertar al día siguiente –Viernes Santo– implicaba reencontrarse con el silencio y la inercia. Las estaciones de radio desaparecían del dial ese día y las pocas que transmitían difundían música clásica. La roquera Doble 9 también modificaba su programación, difundiendo –Dios la bendiga– álbumes enteros de atemperado rock clásico: lo más fascinante del día para mis oídos y espíritu.
Mi madre suele comentar que cuando ella era niña las costumbres de la Semana Santa tenían rango de ucase, incluidas las de guardar silencio y –para las mujeres– vestir de luto riguroso. Sin duda resultaban más opresivas que aquellas vigentes durante mi infancia; esas que ahora recuerdo con más nostalgia que pena.