Opinión
Periodista
De a poco me adentré en ellos, descubriendo la relación entre los personajes vargasllosianos y quienes asistíamos a la secundaria. Éramos adolescentes desorientados, muchas veces violentos y vulnerables, enfrentados a un mundo donde el miedo, la humillación y la obediencia era lo rutinario. Vargas Llosa nos escribía y nos describía.
Años después, me atreví con La guerra del fin del mundo. Y no entendí nada. Me resultó compleja, ajena, lejana, anacrónica. Los personajes se multiplicaban, los escenarios se desbordaban, los tiempos se enredaban. No pude sostenerla. La dejé, frustrado.
Pasaron más de cinco años –casi con 30 encima y un quiebre interior de extrema dureza– para animarme a releerla. La historia del predicador, del sertón, del delirio colectivo, del fanatismo ya no me pareció un enredado relato barroco. Vi en ella una poderosa advertencia sobre los fanatismos, los mesianismos, los nacionalismos insensatos que arrasan lo que no encaja en su visión del mundo.
Vargas Llosa no solo se dedicaba a la ficción; también escribía filosofía y ensayos para advertir que las dictaduras a menudo se disfrazan de democracias, ocultando su verdadera naturaleza al limitar la libertad y suprimir la crítica. Por eso, se declaraba leal y sumiso ante la democracia, prefiriendo las más mediocres a “la más perfecta dictadura, ya sea encabezada por Pinochet o Fidel Castro”, como afirmó en una columna en El País de España. No toleró el autoritarismo, viniera de donde viniera, manteniendo esa coherencia hasta en medio de sus giros ideológicos más polémicos.
Si bien su defensa radical del individuo como eje de la libertad es controvertida –ya que los cambios sociales más significativos surgen de la organización y del poder colectivo, y no del individuo aislado– es crucial destacar un punto fundamental de su pensamiento: toda acción política y todo proyecto social deben fundamentarse en la democracia y la libertad absolutas.
Queda la obra de Mario Vargas Llosa. Queda su compromiso de narrar sin concesiones. Quedan sus personajes, que nos confrontan y nos revelan. Y quedamos los lectores que crecimos con él, que envejecimos con sus libros y que hoy, ante su partida, despedimos a una parte esencial de nuestra memoria cultural.
A pesar de discrepar de sus opiniones y posturas, aprendí de su capacidad de cuestionar, lo que me llevó a reflexionar sobre mis creencias, enriquecer mi pensamiento crítico, fomentar el diálogo y solidificar mi fe en la democracia. QEPD.