Opinión
Comunicadora social y escritora
De esta manera también me preocupo por hacer agradable el ambiente de mi clase, pongo olores agradables y he pegado frases que los puedan alentar y también darme a conocer a través de ellas. No soy una mujer creativa ni hábil en manualidades, así que mi clase no tienen hermosos dibujos o adornos hechos por mí, pero tiene muchas palabras, por todos lados; algunas son recordatorios de las reglas que deben cumplir y otras estimulantes para sus neuronas porque las palabras tienen poder y también nos abrazan. Las reglas existen en mi aula y también deben seguirse; mi tarea es encaminarlos y proporcionarles herramientas que les sirvan a lo largo de su vida. Recuerdo cuando empecé a ser docente; tenía una jefa extraordinaria que me dijo “Nunca te repitas, no caigas en la monotonía o ser profesora será muy pesado” y el desafío anual es hacer la diferencia con lo que he trabajado con anterioridad.
También empezar las clases es reencontrarme con las compañeras de trabajo. Agradezco a la vida que mis compañeras se volvieron mis amigas y hemos formado una comunidad de apoyo y ayuda en todo orden. Cuando los días se tornan grises o hay amenaza de lluvia en el corazón, tener una mano amiga, un abrazo, tiempo para ser escuchada o unas risas que acompañen calma el alma y hacen que la tarea se vuelva muy llevadera y placentera. Ser profesora no es fácil, pero es un oficio que ejerzo con pasión porque no conozco otra manera de llevar la vida y todo lo que hago. Como una vez me dijeron, yo no soy una profesora que es madre, soy una mamá que se convirtió en profesora y mis alumnos siempre ocupan un lugar especial dentro de mi corazón, y en el camino de enseñar puedo asegurar que he aprendido muchísimo más.
Finalmente, escribo esta columna mientras observo a ratos mi clase vacía, reviso que las cosas están en orden y el olor a vainilla empieza a envolver el ambiente. Espero con ansias a mis futuros alumnos, confío en que la vida tendrá un hermoso aprendizaje para ellos y para mí en este año, y como dice María Montessori: “Una prueba de lo acertado de la intervención educativa es la felicidad del niño”.