Editorial
Esta reducción significa que aproximadamente 386,000 peruanos superaron la línea de pobreza, un dato que invita a un optimismo cauto y refuerza la necesidad de estrategias sostenidas.
Este retroceso, que lleva el número total de personas en pobreza monetaria a 9 millones 395,000, marca un punto de inflexión significativo. Si bien aún estamos lejos del 20.2% registrado en el período prepandemia (2019), la disminución en el ámbito urbano (de 26.4% a 24.8%) y la leve contención en la zona rural (de 39.8% a 39.3%) son señales positivas.
No obstante, la realidad nos muestra un país donde casi un tercio de la población aún enfrenta dificultades económicas y una parte considerable de los no pobres (31.8%) se encuentra en una situación de vulnerabilidad.
La información del INEI también revela una “urbanización de la pobreza”, con tres de cada cuatro personas en esta condición residiendo en áreas urbanas.
Esta nueva configuración exige una revisión y adaptación de las estrategias de lucha contra la pobreza, tradicionalmente enfocadas en las zonas rurales. Es crucial diseñar e implementar programas sociales que atiendan las necesidades específicas de las poblaciones urbanas vulnerables, facilitando su reinserción en la actividad económica.
El jefe del Instituto Peruano de Economía (IPE), Víctor Fuentes Campos, y el profesor de Economía de la Universidad del Pacífico Jorge González Izquierdo coinciden en proyectar una continuidad en esta tendencia decreciente para el 2025, impulsada por el esperado crecimiento económico. Sin embargo, ambos mencionan que la magnitud de esta reducción dependerá de la capacidad del país para traducir ese crecimiento en empleos de calidad y abordar las incertidumbres económicas globales y políticas internas.
Para consolidar este avance y acelerar la recuperación de los niveles prepandemia se requiere una agenda de acción integral y sostenida. Las recomendaciones de los economistas apuntan a áreas críticas como la mejora de la calidad y el acceso a la educación y la salud, la inversión estratégica en infraestructura (especialmente la digital), el fortalecimiento institucional y la construcción de una red de seguridad social eficiente en el ámbito nacional.
El descenso de la pobreza en el 2024 es un respiro en una lucha ardua. Nos demuestra que el progreso es posible, pero no es automático ni está garantizado. Requiere un compromiso firme con políticas públicas efectivas, una visión estratégica a largo plazo y la capacidad de adaptarnos a un panorama económico y social en constante evolución. La tarea ahora es redoblar los esfuerzos para que este punto de inflexión se convierta en una tendencia sostenida, acercándonos a un Perú más justo y con mayores oportunidades para todos sus ciudadanos.