Opinión

Periodista
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Esto trazó una figura con dos aristas bastante filudas. Primero, expuso una práctica detestable y, al parecer, recurrente en medios de comunicación de América Latina. Segundo, utilizó como vitrina para exhibir su queja las páginas de ese mismo medio de comunicación que le adeudaba desde hace medio año aquel dinero tan necesario para su sustento.
La historia ya es conocida: el diario al que se señalaba como responsable de tan alevoso ‘perro muerto’ publicó la columna; no como un ejercicio de transparencia ni para hacer patente un necesario mea culpa, sino porque el editor a cargo no leyó el contenido. Al percatarse de este, se ordenó el retiro del texto de la página web del medio de comunicación, pero ya era tarde para sacarlo de la edición impresa. Lo ocurrido –más allá de lo anecdótico– ha servido para poner sobre el tapete una situación que evidencia el poco respeto a los derechos laborales en algunas empresas dedicadas al periodismo.
En el Perú, hay periodistas con algunos años de trayectoria que han sufrido ese maltrato. Este es, en parte, fruto de la informalidad que nos caracteriza, pero también de la ausencia de mecanismos legales que establezcan parámetros para el desarrollo del oficio periodístico y de los derechos laborales que deberían asistir a este. Así, bajo el paraguas del “ponte la camiseta” se han justificado abusos de variado calibre, incluido aquel de retrasar pagos, que es el que directamente alude el texto de Martín, y que varios han padecido en bolsillo y carne propios. Maltratos perpetrados, paradójicamente, por personajes que, pese a no honrar sus deudas, hoy buscan prominencia político-social apelando a valores democráticos.
Otra variante de esa desconsideración reside en asumir que trabajos como el periodístico y el de comunicaciones pueden ser desarrollados por cualquier hijo de vecino. Tal concepto –aberrante y erróneo–, lamentablemente, subsiste, pese a la cada vez más creciente especialización académica de dichos rubros. Ello se ve en predios como el de los políticos, por ejemplo, donde se esgrime como “argumento” y sustento la deficiente formación profesional expuesta por algunos hombres de prensa; una situación sobre la que sin duda se debe reflexionar, a fin de combatir aseveraciones tan convenidas como arbitrarias. En ese punto, corresponde a periodistas y comunicadores refutar con un buen trabajo tan injusta generalización.