Opinión
Periodista
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Ser víctima de la prepotencia de su padre-mánager y escuchar tan solo por un oído fueron percances terribles para Wilson. Estos, sin embargo, no atrofiaron su sensibilidad y talento. Por el contrario, dichas adversidades –junto a la incomprensión recibida en su propio grupo (integrado por familiares suyos)– exacerbaron su deseo de construir un mundo propio y aparte, con la música como materia prima y las drogas como válvula de escape. Estas últimas, pasado el tiempo, absorbieron su talento y afectaron su cordura, pero al comienzo fueron una guía de exploración sensorial y musical de insospechados alcances.
Pet Sounds, álbum lanzado en mayo de 1966, fue consecuencia de todo ello y de la experiencia previa de producir diez discos para Los Beach Boys. A diferencia de estos últimos, centrados en historias de playas, fiestas y autos, dicho trabajo presentó postales sonoras en las que la tristeza y el júbilo desempeñaban papeles protagónicos y configuraban un fresco real y vívido sobre la adolescencia y sus bemoles emocionales. En lo musical, se trataba de composiciones cuya producción y arreglos se inspiraban en la exquisita arquitectura orquestal desarrollada por Phil Spector, personaje que, al igual que Wilson, retenía en su cabeza demonios y genialidad.
Sus siguientes pasos empataron con los de su generación en aquel tiempo de cambios. La canción “Good Vibrations” (aparecida en octubre de 1966) refleja en tres minutos y medio el ansia de liberación mental, física y emocional de esa juventud disconforme con el statu quo de sus mayores. Formalmente se trata de una jubilosa suite o ‘minisinfonía’ cuyo éxito masivo –número 1 en su país y en el Reino Unido- permitió que Wilson tuviera la libertad de dedicarse por completo a producir Smile, el siguiente disco de Los Beach Boys. Pero su intención de entregar una obra capaz de curar y hacer sonreír el alma del oyente con su luminosidad sonora, describiendo a la vez las complejidades y valores de la tierra que lo vio nacer, colisionó con las limitaciones técnicas y materiales de aquel momento. Así, en mayo de 1967, el proyecto quedó trunco.
44 años después las piezas trabajadas fueron ensambladas bajo el nombre de The Smile Sessions mostrando, pese a su condición de obra incompleta, un trabajo excepcional y vanguardista, capaz de ubicar a su autor –aquel vulnerable muchacho playero– en un mismo plano, codo a codo, con sus admirados Gershwin y Mozart. Es ese su lugar, y no otro.