Esa mirada resulta especialmente lúcida en un mundo donde la violencia parece omnipresente: guerra en Gaza, Irán y Ucrania, atentados en Europa, guerras abiertas y guerras en gestación. Pero Haneke nos invita a retroceder unos pasos y preguntarnos: ¿de dónde viene esa violencia? ¿Cuánto de ella se incubó hace siglos en las escuelas, las casas, las políticas públicas fallidas o excluyentes, los discursos de odio, los traumas no asumidos, los errores políticos monumentales?
En Caché (2005), un hombre recibe videos anónimos que lo confrontan con un episodio de su infancia. Esa culpa, ignorada durante décadas, regresa de forma perturbadora. El mensaje es claro: lo que no se asume, vuelve. Y vuelve a veces en clave amenazante.
Desde esa óptica, el cine de Haneke nos ayuda también a pensar en el Perú. Vivimos en una sociedad donde muchas formas de violencia han sido normalizadas por generaciones. No hablamos solo del crimen o la inseguridad, sino también de esa otra violencia que se expresa en la exclusión, la pobreza estructural, el racismo cotidiano, el abandono del campo, la desnutrición crónica, la desigualdad educativa, la violencia contra los grupos vulnerables. Esas violencias no hacen estallar edificios, pero desmoronan lentamente el entramado social.
Abordar este problema es clave para el futuro del Perú. Sin embargo, quienes tienen la responsabilidad de plantear la discusión parecen estar más ocupados en disputas inmediatas y en luchas por cuotas de poder tan efímeras como mezquinas. Mientras el país arrastra violencias estructurales que condicionan su desarrollo, preferimos mirar hacia otro lado.
Como en las películas de Haneke, el peligro no está solamente en lo visible, sino también en aquello que elegimos no mirar. Y si no corregimos las raíces –si no desmontamos los patrones de discriminación, si no garantizamos acceso real a salud, justicia y oportunidades–, seguiremos reproduciendo las mismas heridas que luego se manifiestan en frustración social, rupturas políticas o estallidos impredecibles.
El arte de Haneke incomoda y resulta difícil de apreciar porque nos muestra que el horror no es siempre ruidoso. A menudo es sordo, gris, institucional. Y que el verdadero gesto revolucionario no es solo denunciar la violencia visible, sino también atreverse a desmontar las estructuras que la sostienen.