Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia
  • MIÉRCOLES 4
  • de noviembre de 2026

Editorial

FOTOGRAFIA

Tarata, el deber de la memoria

“Que Tarata nos recuerde cada año que nunca más debemos permitir que el odio y el extremismo encuentren espacio en nuestra sociedad”.

Recordar este hecho no es un mero ejercicio conmemorativo, sino también un imperativo moral. Es rendir homenaje a quienes perdieron la vida en aquella noche de horror. Es acompañar en el recuerdo a las familias que quedaron marcadas para siempre por el dolor. Y, sobre todo, es reafirmar el compromiso de los peruanos con la defensa inquebrantable de la paz, la democracia y el Estado de derecho.

La violencia terrorista que asoló al Perú durante las décadas de 1980 y 1990 fue una campaña sistemática de destrucción liderada por fanáticos ideológicos que no dudaron en asesinar, secuestrar, extorsionar y dinamitar a su paso todo lo que no encajara con su visión totalitaria. Sendero Luminoso no buscaba justicia social: buscaba imponer un régimen del terror.

El atentado de Tarata no fue un hecho aislado. Fue, sobre todo, el símbolo más visible en el ámbito urbano de una violencia que alcanzó también a miles de peruanos en zonas rurales, en comunidades de los Andes profundos, en pueblos que por años fueron olvidados por el Estado. Como lo documentó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, la mayor parte de las víctimas del conflicto interno fueron campesinos quechuahablantes atrapados entre el fuego cruzado de los grupos subversivos y la dura represión estatal.

Por eso, la paz que hoy disfrutamos no puede ser vista como un punto de llegada, sino como una tarea permanente. Fue conquistada con el sacrificio, el esfuerzo y, en muchos casos, la sangre de miles de peruanos que defendieron al país desde las Fuerzas Armadas, la Policía, el periodismo, la política y la ciudadanía organizada. Como no recordar, por ejemplo, a María Elena Moyano, dirigente social asesinada por Sendero Luminoso por oponerse a su discurso totalitario. Preservar la paz exige memoria, firmeza y responsabilidad. Por ello es también un imperativo moral erradicar a los remanentes subversivos que aún actúan en el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem).

A 33 años del atentado de Tarata, el Perú no debe ceder ni un solo milímetro al discurso que intenta reescribir la historia o relativizar el terrorismo. No puede haber olvido porque el olvido es cómplice. No puede haber perdón mientras no haya arrepentimiento ni justicia.

La democracia no es un regalo: es una construcción diaria. Y se defiende, entre otras cosas, con memoria activa. Que Tarata nos recuerde cada año que nunca más debemos permitir que el odio y el extremismo encuentren espacio en nuestra sociedad.