Opinión
Periodista
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En esta escena cotidiana se encierra un recordatorio poderoso: el libro es una herramienta temprana y perdurable en la formación de las personas.
Los libros tienen un impacto real en nuestras vidas. Forman, transforman, interrogan, nos interpelan, nos enfrentan a otros puntos de vista, desarrollan nuestra empatía, fortalecen nuestra capacidad de análisis y nos permiten construir una visión más amplia del mundo.
El contacto con los libros desde la infancia estimula el desarrollo del lenguaje, la imaginación y la capacidad crítica. Lo veo a diario con mi hija. A partir de su afición por los libros ha aprendido nuevas palabras y reconoce animales, figuras y colores. Numerosos estudios han demostrado que los niños que crecen rodeados de libros tienen mayores probabilidades de alcanzar un mejor rendimiento escolar.
Pero más allá de las cifras, lo esencial está en la relación afectiva y reflexiva que se construye con la lectura. A través de los libros aprendemos a mirar la realidad con otros ojos, a dudar, a soñar, a pensar con autonomía.
En un país como el Perú, donde el acceso a los libros no es equitativo y la lectura muchas veces continúa siendo privilegio, eventos como la Feria del Libro no son solo celebraciones culturales, sino también oportunidades para cerrar brechas. Democratizar el acceso a la lectura es una tarea urgente. Bibliotecas públicas fortalecidas, editoriales con políticas de inclusión, campañas sostenidas de promoción lectora en los colegios y en los hogares son parte de ese camino.
La lectura no es solo un hábito individual, sino también una construcción colectiva. Leer en familia, en comunidad, en la escuela es una forma de tejer vínculos, de fomentar una cultura del diálogo y de la convivencia. La imagen de una niña de dos años jugando con sus libros es, en el fondo, una metáfora del país que podríamos ser: uno en el que cada persona, desde la infancia, tenga la oportunidad de acceder a la cultura escrita como derecho y como herramienta de superación y de dignidad.