Opinión
Comunicadora social y escritora
De esta manera, escribir se volvió el complemento perfecto. Ahora no solo entendía todas las palabras, sino también podía escribir aquellas frases que usaba para hablar. Sentía que descubría tesoros y ahora, algunas décadas después, todavía encuentro en las palabras un gusto indescriptible, hay un placer especial cuando descubro una palabra nueva que incorporo en mi lenguaje diario o en mis textos.
Por lo tanto, cuando reconozco que los niños casi no escriben a mano, sino que prefieren teclear en superficies planas que simulan teclas, me aflora mi amor por las letras y en mi clase trato de evitar el uso de dispositivos electrónicos y fomento la escritura a mano; incluso, los he puesto a escribir en hojas de cuatro líneas para que practiquen su caligrafía. Estoy convencida de que al escribir en un papel, ese ejercicio de concentración hace que aquello que se escribe permanezca en nuestra memoria por más tiempo.
En consecuencia, recibo inicialmente el rechazo de los niños porque su normalidad desde que tienen uso de razón es una pantalla. Les cuesta el ejercicio de la escritura empuñando un lápiz, no se diga un bolígrafo; en esos momentos me preocupa la comodidad de muchos padres que apenas pueden entregan una pantalla para que esos niños, desde muy pequeños, se sumerjan en un mundo en el que se vive en solitario, pero que brinda la sensación de compañía. Son niños que se pierden silenciosamente en un laberinto de colores y sonidos. Claro, tomar la responsabilidad de educarlos, enfrentar su enojo y volverse creativos ideando una actividad que los distraiga es más complicado y puede generar pereza en algunos. El problema aparece cuando crecen y se vuelve evidente que nunca desarrollaron las habilidades necesarias para una convivencia social saludable.
Finalmente, tengo esperanza de que en algún momento la escritura a mano vuelva a ser una herramienta importante para el desarrollo cognitivo y social de nuestros niños y entendamos que las pantallas están bien, pero que su uso constante arruinará el desarrollo de los cerebros de nuestros hijos. Corolario, me quedo con las palabras de Joan Didion: “Escribir es un acto de descubrimiento; a veces no sabes realmente lo que piensas hasta que lo pones en palabras”.