El recuerdo es distante, como una imagen en blanco y negro proyectada por antiguos televisores. Apenas logro esbozar en mi mente al grupo de hombres que avanzaba por la calle agitando consignas patrióticas. “¡Perú! ¡Perú! ¡Perú!”, resonaba con fuerza. Un cuarentón, hijo de la dueña del colegio privado más prestigioso del barrio, lideraba el avance y marcaba el paso. A su derecha, otro hombre agitaba una bandera roja y blanca, de la cual pendía una cinta negra. Era una noche opaca, sin luna ni estrellas, típica del invierno limeño. Era 2 de junio de 1970, y la selección peruana de fútbol había logrado su primer triunfo en el Mundial que se disputaba en México.
“¡Perú! ¡Perú! ¡Perú!” La consigna, el paso y el sentido de peruanidad eran contundentes. No obstante, el entusiasmo era controlado. El país estaba devastado; dos días antes, el 31 de mayo, un terremoto de 7.9 en la escala Richter, con epicentro en el mar de Áncash, frente a Chimbote, había cobrado la vida de 50,000 personas. El Gobierno había decretado duelo nacional por ocho días, prohibiendo fiestas y celebraciones.
“¡Perú! ¡Perú! ¡Perú!” El grupo liderado por el cuarentón, que llevaba una botella de cerveza sobre la cabeza, avanzó hasta perderse en la oscura noche. El barrio volvió al silencio.
En la antigua Grecia, las familias de diferentes procedencias solo se podían unir para celebrar un culto común, sin sacrificar su religión particular. Un número determinado de uniones formaba una fratría, en griego, o una curia, en latín. Muchas fratrías o curias conformaban una tribu, y muchas tribus formaban, una nación.
Cada fratría contaba con un territorio propio, un nombre particular, una lengua común, una autoridad, una legislación, ideas religiosas y celebraciones tradicionales: una patria.
En 1970, yo era solo un niño, incapaz de comprender la magnitud del dolor causado por el terremoto y la alegría que traía el triunfo. Hoy entiendo que el dolor y el triunfo nos unían. Éramos una fratría porque actuábamos, como diría San Agustín, como un verdadero pueblo, una comunidad unida por el amor a los objetos comunes. Al final, como se ha expresado en la literatura mitológica, “feliz será el hombre que extrae su alegría y su fuerza de la prosperidad de la patria”.
La patria es la suma de nuestras comunidades, es el color de nuestro territorio, la defensa de nuestra lengua, el respeto a la ley, la tolerancia hacia la diferencia, la solidaridad con los pequeños y los desposeídos, y el castigo a quienes roban o asesinan.
Perú, nuestra patria, ha enfrentado calamidades, ha sido ultrajada por los corruptos, amenazada por delincuentes capaces de matar hasta por un sol, postrada por crisis económicas y arrinconada por emergencias sanitarias. Pero hemos respondido a la consigna de quienes gritaban, cargados de unión: “¡Perú! ¡Perú! ¡Perú!”, con la esperanza de salir adelante, pues, como afirmaba Friedrich Hegel, “el bien común del Estado trasciende cualquier interés personal”.