Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Su profundo conocimiento de la filosofía francesa y sus constantes cavilaciones desde el horizonte garcilasista lo fueron convirtiendo en una figura imprescindible para comprender las formas que adquiere un pensador peruano autoexiliado y su innegable compromiso con las causas de mejora de la convivencia nacional.
Su derrotero intelectual ha combinado una profunda preocupación por responder a las clásicas preguntas sobre nuestras posibilidades como nación, siempre en tensión y con una complejidad irresuelta; sin embargo, Montiel es un optimista respecto a que la promesa republicana sea todavía un horizonte compartido y factible. Por eso dedicó su vida a establecer puentes intelectuales a nivel regional y por mucho tiempo fue un actor clave para promover los estudios filosóficos sobre el Perú.
Desde su puesto como funcionario de la Unesco, durante muchos años insistió en resguardar la memoria académica peruana y, sin dudarlo, activó muchos de los eventos en los cuales se discutió sobre nuestros horizontes pluriculturales. Con su activa e incansable presencia en las oficinas de esa institución en el centro de Francia, hizo de la cultura un eje esencial para cualquier desarrollo integral de un país.
Pero más allá de sus extraordinarios logros como agente de cambio y líder de diversos proyectos multiculturales, ha cultivado durante décadas una red de personalidades y discípulos que lo aprecian y, de forma unánime, valoramos inmensamente su trabajo. Como todo legado persistente y que resista a los embates del tiempo y la fragilidad tanto de la memoria como de la gratitud, muchos hemos sido impactados también por su generosidad y guía. En esa apertura a vasos comunicantes intelectuales, incluso en las necesarias diferencias, durante muchos años establecimos constantes conversaciones, no solo de pretensiones de agenda filosófica, sino también de mentoría y reflexión conjunta personal. Una educación espiritual que solo los grandes y, cada vez más escasos, maestros lo hacen. Es decir, establecer un vínculo que no solo es la planificación disciplinada de proyectos, sino también convertir la conexión en una oportunidad de aprendizaje ético e introspectivo.
Va al inolvidable Edgar Montiel nuestra mayor gratitud por ese inquebrantable optimismo por el porvenir de su país, al cual jamás olvidó, más bien lo llevó a cada parte del mundo, donde fue, como todo peruano insobornable, un recordatorio de lo grandioso y noble que son muchos de nuestros compatriotas que, como Edgar, amaron intensamente a su patria.