Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Que los niños del Callao vean a los versos como formas de comunicarse y conviertan sus luminosas ideas en libros cartoneros, como ofrendas familiares e íntimas, nos dice que hay un camino correcto en esta experiencia notable que dirige la poeta y gestora cultural Úrsula Alvarado. De ese modo, lo que tiene un horizonte personal, volcado sobre sí mismo, con este taller de visualización del poder deslumbrante de la poesía, es transformadora de vidas. Aquellos que han sido tocados por la magia de la palabra, por el reconocimiento del espesor y la dimensión de cada una de las letras como símbolos de expresión, ya no vuelven a ser los mismos.
De ese modo, como una persistente batalla por convocar y fraternizar, se reunieron cada semana, con la batuta de poetas y pacientes escritores, quienes movilizaron espíritus aviesos, que aprendieron a valorar el sentido de cada una de las frases hechas y publicadas en diversos formatos. Es muy serio el oficio de poeta y, así, es que esta cruzada de la palabra respetada e imaginada invoca pedagogías e ilusiones. Se pone al alcance de cualquiera que lo necesite y, al saber el peso y el alcance de cada uno de los poemas trabajados con pulso orfebre, adquiere una dimensión única, una posibilidad redentora, un camino filial, una bifurcación de afecto y asombro. Hacen patria con palabras.
Porque ese poeta que nuestros niños y adolescentes tienen de manera natural, puede esta vez brotar con fervor y delicadeza volcánica. Así, trabajando juntamente con la audacia de quien descubre un inédito mundo, también de filiaciones y hermandades, en la que se apoyan unos a otros, como un grupo impulsado por un afecto ancestral, con esa fuerza de tanta humanidad compartida para hacer de las palabras un universo de belleza al alcance de todos, tan solo al respetar sus posibilidades y, claro, de convertirlas en aliados, por su sonido, su forma, su poética chalaca que emerge en medio de las calles más intrépidas y retadoras, para ser una forma absoluta de la esperanza y la promesa.