• LUNES 11
  • de mayo de 2026

Opinión

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Reflexiones

La IA y la educación


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


La reacción ha sido tratar de contener la avalancha y su uso indiscriminado. Ello se está implementando a través de normativas que adviertan tanto de los peligros como de limitar su utilización para fines de reemplazo de lo encomendado, como tareas y proyectos académicos. Sin embargo, todo ese procedimiento de inspección es sumamente arduo y consume recursos en distintas intensidades. Hay un temor no declarado de que los pasos siguientes son el reemplazo del mismo sistema de enseñanza en el que el propio docente ya no sería imprescindible en el circuito educativo. Es decir, estamos asistiendo no solo a un pánico generalizado por la irrupción en las aulas, sino también al reemplazo del empleo como tal. Quién no sueña con una educación personalizada, focalizada en desplegar el talento individual con exactas coordenadas de trabajo que singularizan la dinámica y, además, sean incansables.

Entonces, lo que es altamente probable que suceda es que las instituciones modelen un sistema educativo basado en IA con alcances notables, en la que las bases de datos son alimentadas para resolver las problemáticas individualizadas. Es que cuando la educación se convierte en personalizada tiene un impacto más significativo y exponencial que las que son homogéneas y masificadas. Al fin y al cabo, suele ser el punto compartido de varias teorías educativas en las que, al personalizarse la educación, el educando maximiza su entrenamiento y alcanza un nivel apreciable de productividad y desarrollo personal.

Visto de esa manera, las organizaciones serán transformadas, creando itinerarios precisos, con poco margen de error, customizados con velocidad, inagotables en las fuentes de aprendizaje y, claro, sin reclamos ni inquietudes emotivas o sentimentales. Puro algoritmo volcado a construir un nuevo tipo de humanidad. El asunto básico y esencial es que las IA no son neutrales, aunque serviciales, tienen una direccionalidad, una agenda planificada, no han nacido bajo criterios ecuménicos de fraternidad. Son, al fin y al cabo, un producto comercial, un objetivo de macronegocio global con sus propias necesidades por satisfacer. Ergo, al someterse a las reglas del mercado, son marcadamente sensibles para optar por las rutas que generan las mayores ganancias posibles y, esos caminos, no necesariamente se allanan a la búsqueda del bien común o, claro, está, al bien mismo de la humanidad. Y como ello va a suceder pronto, entonces, no hay vuelta atrás.