Opinión
Periodista
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Por eso frustra tanto la eliminación del Perú del Mundial. No porque el fútbol resuelva algo, sino porque al menos nos daba la apariencia de unidad, de alegría común, de propósito compartido, la ilusión de una nación.
Este proceso clasificatorio parecía menos escarpado y más generoso: seis cupos y medio, un camino no tan árido. Pero incluso allí, donde la ilusión parecía más cercana, la realidad nos recuerda que la voluntad es ciega y que el deseo de triunfo no basta. Lo que queda ahora, otra vez, es el vacío: el eco de los estadios en silencio y la amarga constatación de que volveremos a mirar el torneo desde la distancia.
El fútbol, como la vida, nos seduce con la esperanza y luego nos devuelve a la certeza del dolor. Y, sin embargo, no deja de importarnos. Porque en cada derrota se refleja no solo la precariedad de nuestro balompié, sino también nuestra condición humana: aspiramos a más de lo que podemos alcanzar, y, especialmente en nuestro caso, nos aferramos a sueños que el tiempo se encarga de desgarrar.
Quien mire con desapego dirá que el fútbol no importa, que no cambia nada, que el país sigue con sus luces y sombras. Y tendrá razón, pero lo cierto es que este fracaso futbolístico duele porque revela el mismo patrón que en otras dimensiones: improvisación, ausencia de proyecto, clase dirigente paupérrima, incapacidad de sostener lo que se inicia. Así como en la vida social, también en la cancha nos gobierna la discontinuidad.
Al final, el fútbol peruano es metáfora de nuestro país: ansiamos victorias, y lo que conseguimos son destellos pasajeros, seguidos de largos períodos de frustración. Y, sin embargo, seguimos ahí, alentando, esperando, volviendo a empezar. Quizá porque, como decía el filósofo, lo único que nos salva es precisamente la ilusión, aunque sepamos que tarde o temprano se desvanecerá. ¡Arriba Perú, siempre!